6 de marzo de 2012

Se busca persona con ánimos suicidas e instintos homicidas

Desde bastante joven, me asolaba la "paradoja de la abuela", que se suele suscitar cuando se habla de viajes en el tiempo. Mi curiosidad con respecto a lo que podría ocurrir o cómo llegaría a evitarse un suceso paradójico era tal que no tardé mucho en tomar la decisión de que inventaría una máquina del tiempo con el único propósito de viajar al pasado y asesinar a mi abuela antes siquiera de que la madre de mi madre conociese a mi abuelo. Cruel, sí, pero casi todas las teorías indicaban que no llegaría a hacerlo, que algo me lo impediría, así que el riesgo me parecía nulo.


Descubrí la máquina pasada la edad en la que la temeridad rige casi todos nuestros actos, por lo que pensé que sería preferible enviar a otra persona a acometer tal empresa. Desconocía los resultados que podían derivarse del intento y, aunque no podría contarse mi muerte como consecuencia, ya que en ese caso se impediría el viaje en el tiempo y el asesinato, me entró algo de miedo. Más que nada porque, si llegaba a cumplirse, mi gran curiosidad quedaría insatisfecha, ya que muerta no podría saber qué había ocurrido con mi abuela y conmigo.

Así que decidí poner un anuncio de trabajo para buscar a una persona a la que no le importase morir… que incluso lo desease. Me di cuenta al cabo de que no solo debía tener ganas de desaparecer de este mundo, sino también un gran desapego por sus ancestros o por cualquier otro ser humano, tanto como para ser capaz de disparar a sangre fría a una versión de su abuela mucho más joven de como la conoció. Cabía la posibilidad de que aceptase mi encargo y, llegado el momento crucial, se dejase llevar por la compasión o el miedo y no apretase el gatillo, así que tenía que asegurarme de que fuese alguien que cometería el asesinato. La paradoja también surgiría si se mataba a sí mismo o a uno de sus padres, claro. Pero, ya que toda la construcción de la máquina surgió para comprobar una cuestión que lleva "abuela" en su formulación, quería darme el capricho de mantener las condiciones tal cual se especifican en el supuesto.

Años de entrevistas, de denuncias por parte de personas decentes que leían el anuncio, me demostraron que iba a costarme más encontrar a la persona adecuada que diseñar la máquina. No quedaban más que dos opciones: renunciar a mi intento y utilizar el invento para darme viajes de placer o decidirme a cometer yo misma el atentado contra mi propia sangre. La determinación llegó por casualidad, mientras miraba un álbum de fotos para memorizar con precisión el rostro de mi abuela. A ella, ahora ya fallecida, la quise mucho y además la compadecí por el tipo de vida que tuvo que llevar, siempre sometida a mi abuelo. Ese sentimiento, que me llegó de las tripas, inconsciente, me facilitó la respuesta: sería a él a quien mataría. Además lo tendría fácil, ni siquiera tendría que llevar a cabo la ejecución: mi abuelo luchó en la guerra y se escapó de una ejecución gracias a una argucia que nos contó una y otra vez. Al conocer la anécdota de memoria, solo tendría que viajar al momento y lugar de su fusilamiento e impedir que llevase a cabo el inteligente plan que le permitió seguir con vida.

Cuando era muy joven, incluso adolescente, a mi abuelo le tocó pelear en la guerra civil. No sé si en aquel momento eligió el bando en el que luchó, pero lo que sí puedo asegurar es que se mantuvo no solo fiel, sino ferviente admirador y promotor de los ideales que se proclamaban desde la mitad vencedora. A pesar de que yo no pudiese considerarlo un héroe por haber participado no ya en ese bando, sino siquiera en una contienda pues mis utopías siempre han incluido el pacifismo, sí le agradecía aquel acto de ingenio y aquella capacidad de reacción que supuso agarrar un azadón y golpearse en un pie para salir herido y evitar su ejecución. Las circunstancias de este relato las recuerdo borrosas, pues mi abuelo murió hace ya años y, de habérnoslo contado, sería cuando yo era muy pequeña. O quizá fue mi madre quien nos lo transmitió después de haberlo escuchado ella en su infancia. Lo que sí comprobé con mis propios ojos es que a mi abuelo le faltaban dedo y medio de uno de los pies. Ese movimiento, que también le podría haber costado un desangramiento o una cojera perpetua, le causó poco daño y le salvó la vida, lo cual quiere decir que permitió también la existencia de mi madre y, por ende, la mía. Así que eso de "le debo la vida" se grabó en mi mente infantil con un sentido mucho más específico del que cualquiera podría aplicar a sus ancestros.

Me informé con mayor detalle, interrogando a mi madre, revisando libros y periódicos de la época, revolviendo entre fotografías, cartillas y otras pertenencias de mi abuelo y conseguí averiguar con exactitud qué día y en qué lugar estaba previsto que fusilasen a mi abuelo. Lo único que tenía que hacer era llegar con algo de antelación y alejar del lugar cualquier pico o herramienta de jardinería que encontrase, para que aquel joven soldado no pudiese defender su vida. Disfrazada de hombre con un uniforme robado por la noche, me escondí en una de las estancias de la desvencijada casona de piedra en cuyo patio, de muro ya reventado, se llevaban a cabo las ejecuciones. Desde una distancia prudencial, observaba el entorno, buscando el objeto del que habría de deshacerme y me extrañó no encontrar nada siquiera semejante a lo que mi abuelo había descrito en sus hazañas bélicas como el instrumento de labranza que le salvó la vida.

Fue entonces cuando ocurrió lo más insólito: vi aproximarse, con unos movimientos tan subrepticios como los que yo estaba adquiriendo y con las mismas intenciones de ocultarse, a una figura que llevaba el mismo uniforme que yo había podido robar. Su corpulencia resultaba escasa para llenar las ropas, así que había dado dos vueltas al cinturón y había remangado las perneras del pantalón, tal como yo acababa de hacer minutos antes. Algo de pelo escapaba tras la gorra: del mismo tinte que el mío. La silueta se fue acercando con mucho sigilo al lugar donde horas después se iba a gritar la orden de "fuego", exponiéndose ya tanto que temí por aquella vida, que ya sospechaba que era la mía. Aquella mujer, pues probablemente lo era bajo el uniforme de hombre, se estaba poniendo en peligro al adentrarse en un lugar prohibido y no entendía su propósito. Incluso si fuese otra versión mía que hubiese llegado con la misma intención que la que a mí me movía, no veía qué objetos iba a recoger, pues por la zona no se atisbaba nada.

Me di por fin cuenta de que ella llevaba un saco que yo no portaba. Un largo y deforme morral de esparto le pesaba a la espalda y se caía hacia adelante cuando ella tenía que saltar o agacharse. Cuando por fin se acercó lo suficiente, extrajo una azada de la bolsa y la depositó apoyada en la pared, cuidadosamente para que pareciese que había estado allí siempre, para finalmente esfumarse por donde había venido, ya liberada del peso y con más prisa que cautela.

Así que allí había estado yo u otra versión de mí, quizá de un universo paralelo o una existencia alternativa, ocupándome de que mi abuelo pudiese librarse de su pena de muerte. Hasta entonces, estaba decidida a impedir un acto que siempre había creído que era fruto de la astucia de mi abuelo, ayudada por la casualidad. Pero ahora que sabía que el motivo de que salvase su vida y, con ello, la mía, estaba en mi propia intervención, no quería intervenir de nuevo porque contradecir mi propia decisión, aunque fuese una que desconocía me aterraba.

Poco me ha importado, desde entonces, resolver la paradoja de la abuela o dilucidar qué ocurriría para que la propia física evitase que produjese el fenómeno por el que yo mataría a mi abuelo. Sin embargo, desde que presencié aquella treta perpetrada por mí misma me vengo preguntando muchas otras cosas, que se me antojan más paradójicas o contradictorias aún. ¿Cómo sabía yo que tendría que colocar ese pico, si mi abuelo murió en una primera versión de los hechos y no solo no pudo contármelo, sino que no pudo siquiera traer a mi madre al mundo para que ella me trajese a mí? Lo que había presenciado, no solo no me resolvía el primer enigma, sino que suscitaba, asimismo, un bucle de causalidad por el que el viaje en el tiempo había sido necesario siempre, sin que hubiese existido nunca una causa que situase ahí el apero por primera vez. Sin mi máquina del tiempo, mi abuelo habría muerto y yo no habría nacido. Así que no habría inventado la máquina del tiempo. Uno de los viajes del invento mecánico que permitía viajar en el tiempo propició su propia existencia.

Desde bastante joven, me han vuelto loca las paradojas y los enigmas que no solo no tienen respuesta aparente, sino que se basan tanto en la teoría que nunca se podrán demostrar. Por ese motivo, cuando regresé a mi presente, aquel en el que viajé con la idea de matar o dejar morir a mi abuelo, decidí destruir la máquina y no volver a pensar en semejantes cuestiones. Ahora evito ver películas o leer libros sobre viajes en el tiempo, por muy ficticios o fantasiosos que sean, por mucho que su acercamiento tenga solo una intención filosófica y se alejen de las leyes físicas por completo. Si alguien aborda el tema, abandono la conversación o cambio sin disimulo de asunto y en la soledad hago lo posible por evitar pensar en ello. Hay respuestas que nunca podré obtener.

21 de febrero de 2012

Los viajes en el tiempo en 'Q', de Evan Mandery

La novela 'Q', de Evan Mandery, toma los viajes en el tiempo como punto de partida de una historia romántica, amalgama de géneros que no se hace aquí por primera vez.

Nos habla de un hombre, suponemos que alter ego suyo, prometido a una mujer de nombre Quentina –Q para los amigos y cualquier persona con aborrecimiento por los nombres horrendos–. Pocos meses antes de la boda, recibe una visita de su yo del futuro, que le pide que no se case con esta chica porque tendrán un hijo que morirá de niño, lo cual les destrozará las vidas. Sin plantearse siquiera la posibilidad de casarse y no tener hijos o adoptar niños ajenos, el protagonista provoca una discusión para romper relaciones con su novia. Cuando creía que su vida sería perfecta, comienza a recibir más visitas de diversas versiones viejas de él, algunas mejor conservadas que otras. Cada uno de estos señores le va recomendando cosas que él acomete sin queja ni cuestionamiento.




Mientras van ocurriendo todas estas cosas, el libro es muy entretenido, se lee con gran facilidad y no supone ningún problema, ni con respecto a los viajes en el tiempo, ni de otro tipo. Cuando llega a su tercera parte, de menos de cuarenta páginas, todo lo anterior da fruto a una reflexión y las explicaciones sobre los viajes en el tiempo empiezan a estar presentes.

Como hacen casi todos los autores para poder contar su historia, Mandery se toma la licencia de minimizar las consecuencias de lo que se conoce por "efecto mariposa". Lo hace hasta tal extremo que casi le da la vuelta: mientras la teoría afirma que el más ligero cambio puede provocar que, transcurrido un tiempo, la realidad se transforme hasta ser casi irreconocible; este autor indica que los grandes cambios que los viajeros en el tiempo introducían en sus pasados para mejorar sus vidas apenas tenían influencia en las existencias que ya conocían. Podemos aceptar esta especie de permiso que se toma, debido a que la filosofía de la novela parte justamente de ahí y viene a decir, más o menos, que no importa lo que nos esforcemos por cambiar las cosas, pues todo seguirá básicamente como está.

La lección que yo pensaba que trataría de darnos, la de que no nos obsesionemos con lo que podríamos haber hecho y no hicimos porque quizá nuestras decisiones nos han llevado a la mejor de las opciones, no se encuentra en la conclusión. Y durante el transcurso del libro, la reflexión que provoca es justo la contraria, ya que cada decisión vital que uno de sus viejos yos le dice que tome nos hace preguntarnos si no nos habría convenido recibir la visita de una versión sabia de nosotros cada vez que emprendimos algo. Pero cada uno da con su libro las lecciones que quiera. Entiendo lo que él ha querido decir y me parece una reflexión bella, pero conlleva en sí misma la contrapartida de que dejará la peripecia del libro en algo aparentemente menor de lo que podría haber parecido.


La consideración del autor hacia las mujeres

Me surge, tras la lectura más que del libro, del epílogo, otra cuestión que nada tiene que ver con los viajes en el tiempo. Como ya decía, la solución que cualquiera habría dado a la primera visita es la de convencer a su novia de no tener hijos biológicos, lo que no le había resultado difícil, teniendo en cuenta que ambos eran portadores de una enfermedad que se transmite genéticamente y que sería lo que mataría finalmente a su retoño. Mientras leía el libro, dejaba de lado esta cuestión que, de otra forma, podría haberme estado repiqueteando, ya que pensaba que de ella surgiría el romántico y feliz final: que él, muy anciano, después de haber viajado y recibido todas esas visitas, volvería a viajar al pasado para decirse a sí mismo, justo después de que hubiese hablado con la versión sesentona, que en lugar de cortar, se quedase con Q. Pero el libro no hace eso en absoluto, así que no os preocupéis porque no os he destripado nada.

La resolución es otra y en el epílogo el autor nos dice que está muy feliz con su mujer y sus tres hijos. Lo que me hace pensar que esta persona tiene para él el valor que supone haberle proporcionado una progenie y que, de ser estéril su esposa o no desear parir, la habría rechazado. En la novela el autor pinta a su personaje (¿a sí mismo?) como un ser abierto, tolerante, igualitario y en absoluto machista. Nos asegura que adora a Q, que la quiere más que a nada o nadie y que es la mujer de su vida. Pero parece que no la quiere lo suficiente como para estar a su lado sin los niños que ella le pueda proporcionar. Es decir, que el único sentido de encontrar pareja es la procreación.

Por otra parte, es apabullante el paternalismo de una decisión que el autor vende como romántica y altruista. En ningún momento le traslada a Q la pregunta. Entendemos que no pueda contarle la verdad de la visita de un ser del futuro porque no se la creería, pero podía decir que se ha hecho las pruebas, ya que un pariente le comentó que tenía esa enfermedad. No es que no tenga en cuenta su opinión de forma egoísta porque prefiera tomar la determinación que más le interesa, sino algo aún peor: cree saber lo que a le conviene más a Q y, como si ella fuese una niña, toma la decisión de forma secreta, unilateral y, como decía, paternalista: por su bien.Y no es que Mandery no se haya percatado de esto, sino que cree que ha hecho muy bien. Al final de la novela (y ahora sí os estaría destripando cosas, si termináis el párrafo), se crea la fantasía masculina en la que una versión anciana de Q habla con él y no solo le perdona lo que hizo, sino que dice que siempre lo siguió queriendo y ni se plantea si ella habría tenido derecho a saber lo que estaba ocurriendo y a decidir por sí misma.

Estas últimas consideraciones sobre la opinión del autor acerca de las mujeres son algo que no puedo evitar sospechar, pero que no resulta patente de una forma ostentosa. No me impiden haber disfrutado del libro ni ensombrecen otras conclusiones que saco sobre la obra. Lo de los viajes en el tiempo es lo principal y lo poco que he comentado más arriba lo incluyo solo como arranque para que preguntéis o suscitéis más reacciones en comentarios y podamos seguir debatiendo sobre el tema.

14 de febrero de 2012

San Valentín

Está muy mal visto esto de celebrar San Valentín o el día de los enamorados. Las opciones no son nada buenas si dices que estás haciendo algo al respecto: o que te consideren cursi o bien hortera y fácilmente camelable por superficies de enorme extensión como El Corte Inglés.

Puedo entender que se vea de esa forma la obligación de intercambiar presentes. Pero me resisto a considerar que hacer algo especial en esta fecha o las aledañas –quizá el fin de semana se presta más– sea estúpido. Como dije cuando reivindicaba sumarse a la ocasión que Halloween ofrece para disfrazarse, ¿por qué no vamos a elegir las fiestas que más nos diviertan o cuya celebración sea más satisfactoria?

Entre optar por lo que se hace en San Valentín, que supongo que no tengo que detallar, o hacer lo que requiere cualquier otra festividad, que suele consistir en reunirse con familiares a los que puede apetecer mucho ver o puede no apetecer en absoluto, creo que no cabe mucha duda. Si me dicen que prescinda de alguna fiesta, que sea de otra.

El argumento de muchas parejas de que para ellas es siempre el día de los enamorados y de que no requieren que el calendario se lo diga para pasar una jornada especial me parece muy bonito. Pero no me lo creo. Lo siento. Por mucho que nos lo propongamos, si no hay algo que nos impulse más allá de la rutina, nos vamos a dejar llevar por las obligaciones y las costumbres y acabar dejando eso que nos proponemos para más adelante, lo que significa para nunca.

No hablo de responder exactamente al tópico: cena romántica, flores, bombones… eso puede ser más coñazo que no hacer nada. Pero me refiero a aprovechar esta excusa, como cualquier otra, para estar con esa persona a la que quieres y que probablemente hayas llegado a ver como parte del mobiliario de casa… exagerando un poquillo.

Me parece muy bien que haya quien no lo celebre en absoluto y se comporte como cualquier otro día. También puedo entender que critiquen a quienes sí lo hacen porque la iconografía que rodea a este día es de pésimo gusto. Pero creo que existen otras formas menos empalagosas para pasar un buen rato y darse una alegría.

22 de enero de 2012

Humor absurdo

A veces, me da por colocar alguna chorradilla en el muro de FB de Humor Absurdo. También quería compartirlas aquí:

--Voy fatal de pasta.
--Joder, tío, cuánto lo siento.
--Bueno, hombre, no es para tanto: me puedo lavar los dientes con bicarbonato.



El siguiente es un resumen de la película 'Un método peligroso', utilizando los códigos de The Editing Room, como, por ejemplo, poner los nombres de los actores y no de los personajes. Atención porque, si n habéis visto la peli, os la va a destripar enterita:


14 de enero de 2012

Mi nuevo bici-o

No es difícil equiparar una vuelta en bici con algún episodio vital, ya que, para tener el placer de deslizarse cuesta abajo sin pedalear, hay que hacer el esfuerzo de subir, antes o después.

Cuando te das un paseo en bicicleta, tienes que pensar en volver antes de agotarte, cuando aún te quedan la mitad de las fuerzas. En la vida, por fortuna o desgracia, no hay viaje de vuelta, no hay que guardarse la energía, así que podemos llegar extenuados al final.

31 de diciembre de 2011

19 de septiembre de 2011

Llama un inspector


Estuve viendo la obra de teatro Llama un inspector, de J.B. Priestley, que ha traído a Madrid Josep María Pou. Y me pareció excelente.

Aparte de la contenida y minimalista interpretación del director, a la que solo se pueden dirigir elogios, del resto del elenco no sabría qué decir, pues se me antojaban, en ocasiones, artificiales, especialmente el señor mayor. Los jóvenes iban cobrando no solo credibilidad, sino una emoción extraordinaria a medida que avanzaba la obra y la madre estaba muy auténtica en su papel. Pero no me desprendo de la sensación de que, si lo hubiese visto con actores británicos, la habría encontrado aún mejor.

Lo que sí tengo clarísimo es que el texto me pareció extraordinario. Considero increíble esa capacidad para penetrar en las personalidades de estos adinerados inconscientes y de hallar cómo actos que podrían parecer insignificantes pueden tener extraordinarias consecuencias, tanto incluso como para arrancar la culpa de personajes que se las prometían muy felices. Cuanto más sutil fuese el acto malvado que hubiese provocado la fatídica resulta, más interesante encontraba el reproche.


El autor, como indica el programa del teatro Latina, era muy dado a jugar con la estructura temporal y a introducir ensoñaciones premonitorias, flashbacks y otro tipo de ardides narrativos. Esto me resulta sumamente innovador, no solo para la época en la que se escribió la obra, sino incluso para hoy en día. Por lo tanto, encuentro absurda la pega que le han colocado algunos críticos al decir que la obra está anticuada.  

Habría que ser capaz de distinguir entre algo rancio y algo que transcurre en una época pasada. Llama un inspector puede estar situada en 1917 y quizá a muchas personas el vestuario y el mobiliario les creen rechazo, pues prefieren esos decorados vanguardistas y enigmáticos de otras obras. Pero nada de eso significa que a la obra le falte vigencia ni en su contenido ni en su planteamiento formal. En lo primero, la crítica hacia las clases adineradas está más de vigencia que nunca, con todas las leyes sobre la contratación que nos tienen en ascuas. Sobre lo segundo es sobre lo que decía que me resulta, si lo he interpretado bien, valiente y rompedor incluso para nuestro siglo.

A partir de ahora, quiero lanzar una pregunta solo apta para las personas que ya hayan visto la obra. A quienes no la han visto, les recomiendo que se pasen por el teatro, por lo que mejor será que no lean lo que viene a continuación, que les destriparía la enorme sorpresa que les espera:


Lo que entendí, al final, especialmente tras leer el dato de que Priestley acostumbraba a presentar sueños y premoniciones, era que todo lo del inspector había formado parte de una especie de alucinación colectiva, un sueño compartido. Otras personas que vieron la obra conmigo buscaban explicaciones más racionales, como que el inspector fuese un actor contratado por el futuro yerno o el padre de la joven muerta, que los quería torturar. Pero yo creo que me quedo con que la culpa les provoca a todos esa personificación, incluso aunque no todos los detalles me queden claros o aunque sepa que me resultaría difícil responder a todas las preguntas que se me podrían formular para desmontar mi teoría. ¿A qué conclusión llegasteis vosotros?

16 de septiembre de 2011

¿Qué blogs lees, si es que sigues leyendo alguno?

Desde que llegó el Facebook, esto de los blogs decayó muchísimo: era más fácil, para comentar algo breve, dejarlo en el muro propio o de otra persona o afición nuestra y también más fácil, para los lectores, hacer un simple clic para decir que le gusta que buscar las palabras con las que mostrar su aquiescencia.

Sin embargo, a todo le llega su hora y parece que también el FaceBook está ya de capa caída. A mí, por lo menos, ya no me distrae, pues siempre comentan las mismas personas y con un vistazo rápido al día, veo todo lo que me interesa. El resto de las veces que busco una página donde caer, no sé a dónde acudir.

No quiero hacerme de Twitter, porque no quiero engancharme, pero sí me gustaría tener una página en la que recaer cuando termino una actividad y aún no he decidido continuar con la siguiente. Trabajo desde casa y el tiempo que pierdo es el que yo misma tendré que recuperar más adelante, así que no estoy engañando a nadie si me distraigo un poco por la web.

El Google Reader podría servir, pero tengo pocos blogs suscritos y me los veo de un plumazo. Por ese motivo, os pido que me sugiráis o bien los vuestros o los que os gusta visitar, si es que aún hoy seguís visitando blogs.