30 de diciembre de 2009

Los propósitos de año nuevo

Llega el momento de formular los propósitos de año nuevo. Sin embargo, hace tiempo que me "propuse" que no me marcaría más. Porque se sabe que no se cumplen. Porque, si no realizas algo que deberías hacer, ya de por sí te perjudicas, pero la frustración de incumplir lo que te propusiste puede ser aún peor.

De hecho, este post va sobre lo contrario. En defensa de no enunciar propósitos. O en contra de los propósitos.

Vivimos en un mundo que nos exige demasiado y acabamos exigiéndonos demasiado a nosotros mismos. Es imposible que logremos todo lo que se supone que tenemos que hacer. Así que uno de los males de la sociedad de hoy en día es la frustración, la sensación de no haber estado a la altura, de no haber hecho todo lo posible por lograr nuestras metas, de no ser tan bueno como se creía… Por lo tanto, más vale relajarse, contentarse con lo que se tiene o, como mínimo, con hacer bien lo que se hace. Y, sobre todo, encontrar las cosas buenas en otros sitios, cosas buenas que seguro que ya tenemos, pero que no apreciamos por esos excesos de ambición.

Si me diese por escribir propósitos, hay muchísimas cosas que sé tendría que hacer y no hago. Podría redactar una lista, como el Je me souviens, que Perec le copió a Joe Brainard, pero llena de cosas que debería cumplir, en lugar de repleta de recuerdos. Se titularía Il me faut…

Sin embargo, la conclusión sería que no las puedo hacer todas.

No es cuestión sólo de tiempo. También existen las formas de ser. Hay personas a las que probablemente no les importa nada pasarse cuarenta minutos ante un espejo arreglándose antes de poner un pie en la calle, puede que incluso lo disfruten. Otras no lo soportamos. Hay personas que gozan de pasar horas seguidas interesándose por la historia antigua, por poner, pero a otras probablemente eso nos sumiría en un sopor in-sopor-table.

Por ello, quizá los propósitos se pueden sugerir, pero conociendo las limitaciones propias. Y no sólo limitaciones en cuanto a la capacidad intelectual o habilidad manual, sino también en cuanto lo que podemos incorporar a nuestra vida. Es preferible asumir que nunca nos acostumbraremos a pasar el aspirador y comprar un robot que aspira solo que proponerse, como tantas otras veces, que a partir de tal día lo pasaremos dos veces a la semana para llegar a cumplirlo en la primera ocasión y luego encontrar excusas para saltarse otros dos o tres emplazamientos y finalmente olvidar el propósito… pero, eso sí, sentirte mal cada vez que ves una pelusa.

Si ya tenemos una edad y hemos probado muchas veces a forzarnos a hacer algo y hemos visto que no somos capaces, mejor es encontrar una solución alternativa. O quizá lo bueno es buscar métodos de motivación diferentes que sí nos hagan realizar esas actividades con menos esfuerzo o con un aliciente externo.

Entiendo que hacerse propósitos, ya sea en fin de año, como en cualquier otra época, es una forma de consuelo. Es decir: vemos en nosotros mismos un defecto y no somos capaces de admitir que lo tenemos. Así que, en lugar de asumirlo como parte de nuestra forma de ser, pensamos que sólo con proponernos no volver a hacerlo, ya se disipará y dejaremos de ser defectuosos en ese aspecto. El instante de proponerse algo es muy satisfactorio porque nos estamos proyectando a una versión 2.0 de nosotros mismos, es decir, mejorada y perfeccionada. Pero esa persona no existe ni va a existir en el futuro. Esa euforia, sumada a las ganas inmensas de no aceptar nuestra falla, nos imbuyen de una falsa fuerza de voluntad que nos hace creer que, esta vez, lo conseguiremos. Sin embargo, cuando llega la hora de la verdad, la fuerza de voluntad debe ser auténtica. Por lo tanto, cumplir los propósitos no es fácil, pero evitar hacerlos tampoco lo es.

No digo que no haya que tratar de modificar nuestro comportamiento, sobre todo si de verdad lo necesitamos. Digo que habría que buscar soluciones más realistas. Porque, mientras nos engañamos a nosotros mismos con el propósito, estamos evitando buscar esa solución que sí podría valer. Así que mejor que propósitos de año nuevo, resoluciones de año nuevo, eso sí.

En mi caso, sé que tengo varias carencias en lo espiritual: podría leer más, no sólo literatura, sino también obras que me enriquecerían profesionalmente, como libros sobre cine, entrevistas o biografías de autores, historia del cine, más crítica fílmica ajena… Pero el sólo proponérmelo, por firmemente que lo haga, no lo va a conseguir –el club de lectura, sin embargo, fue una excelente forma de fomentármelo—.

En lo que concierne al cuidado personal soy un auténtico desastre. Pero es que, si se hiciese todo lo que se supone que hay que hacer… no sólo yo, si cualquier mujer aplicase a su piel y a su cabello todas las cremas y cuidados que en teoría debería, tendría que dedicar el día entero. Y eso que ahí no he metido lo que se refiere al cuerpo, es decir: hacer ejercicio, ya sea para estar en forma o para adelgazar. Por lo tanto, eso ya ni me lo propongo.

Quizá todo depende de lo fuerte que sea la motivación. Que alguien deje a medias un curso por fascículos de un idioma que nadie habla no le va a estropear la vida. Pero hay cosas que sí tenemos que cuidar. En las relaciones personales o matrimoniales también hay muchos propósitos que nos podemos hacer y quizá esos sí conviene cumplirlos, por la cuenta que nos trae. Y es que los propósitos de año nuevo suelen referirse a asuntos muy intrascendentes y prácticamente los hacemos sabiendo que no los vamos a cumplir.

Así que me propongo no proponerme nada para el año 2010 y con ello, ser más feliz y vivir mejor.

24 de diciembre de 2009

Felices fiestas

Otro año más, quiero felicitaros las fiestas. Pues eso: que feliz nochebuena y también una muy alegre Navidad. Os dejo con una foto que define bastante bien mi personalidad (yo sería la de la derecha, es decir, la que dice "ídem"):

17 de diciembre de 2009

Club de lectura. Debate: Vinieron como golondrinas. Propuesta: Tren nocturno


Queridos amigos y amigas:

Este mes nos toca charlar sobre el libro de William Maxwell Vinieron como golondrinas (They came like Swallows), que se compone de tres partes, cada una de ellas relatada desde el punto de vista de un miembro de una familia: el hijo pequeño, el hijo mayor y el padre. Al inicio de la novela se incluye esta cita:



They came like swallows and like swallows went,

And yet a woman's powerful character

Could keep a swallow to its first intent;

And half a dozen in formation there,

That seemed to whirl upon a compass-point,

Found certainty upon the dreaming air…

W. B. Yeats


Para el mes de enero la propuesta ha sido Tren nocturno (Night Train), de Martin Amis. El día 17 aparecerá otra entrada como ésta en la que se propondrá el debate sobre este libro. Espero que tengáis tiempo de encontrarlo y de leéroslo para entonces.

Por último, me queda pediros que recomendéis nuevas lecturas para las próximas ediciones del club. Si queréis rescatar algunos de los títulos que ya se han propuesto, podéis mencionarlos. Y, si tenéis nuevas sugerencias, serán bienvenidas. Anotadlas en los comentarios a esta entrada. Dentro de unos días, aparecerá la encuesta con todas las propuestas en el menú lateral derecho y podréis votar por el que más os apetezca leer.

Muchas gracias por todo.

12 de diciembre de 2009

El hombre que asistía a clase de idiomas con la 9 mm.

Me pregunto por qué nunca habré relatado en este blog una cosa que me ocurrió cuando tenía diecinueve o veinte años, pues siempre que se la he contado a alguien, se ha sorprendido mucho. La situación, en forma de narración, puede dar menos pavor del que producía vivirla, pero, haciéndose bien a la idea de cómo era el tipejo descrito, puede producir escalofríos. Le pongo este titular de novela negra para darle un aire más literario.

Cuando estudiaba en la universidad, acostumbraba a buscar muchas actividades paralelas para ocupar mi tiempo. Una de ellas fue aprender un idioma un tanto inusual: me apunté con mi hermana y allí nos fuimos las dos juntas. El profesor era un encanto y, para lo difícil que es esa lengua, aprendíamos bastante rápido y bastante bien. Tenía el inconveniente de que había que ir todos los días y de que me veía obligada a salir un cuarto de hora antes de clase de la facultad e ir corriendo. Eso fue, en parte, lo que me hizo dejarlo a medias, pero la razón de más peso fue otra.

Uno de los alumnos era un señor de cincuenta años, bastante extraño, a quien aceptábamos en el grupo de amigos por cortesía, o eso pensaba yo, porque los chicos sí sentían admiración por él. El hombre decía que había pertenecido al CSID y que conocía todo lo que ocurría allí dentro. En aquella época, el tema estaba de actualidad y nos entretenía con sus batallitas y milongas. Pero, por mucho que yo me pudiese reír con lo que contaba y fingir que me lo creía, nunca me despertó otro sentimiento que el asco o el miedo: estaba muy loco y era sumamente facha, le habían retirado de su cargo por problemas psicológicos y, sin embargo, seguía teniendo una 9 mm. que portaba siempre consigo y siempre la llevaba cargada.

Cuando las clases se acercaban al descanso navideño, varios de nosotros quedamos para tomar algo, como se suele hacer con los compañeros de este tipo de cursos. Todos los demás eran hombres, pero yo me apunté sin darle mayor importancia a ese hecho. Este señor, por sus ideas anticuadas, supongo que leyó algo inexistente en esa decisión mía. Con la excusa de la quedada —qué gracia, entonces no existía esta palabra—, nos pidió el teléfono a todos. Gracias a ese disimulo y, sobre todo, a que yo jamás podría haberme imaginado que un hombre que tendría treinta años más que yo, pero que aparentaba cuarenta más, pudiese tener otras intenciones; consiguió también el mío.

Pronto empecé a darme cuenta de lo que estaba ocurriendo. Una vez terminamos la celebración, se ofreció a llevarnos cada uno a nuestra casa, ya que todos los demás teníamos edad de estar estudiando y él era el único que poseía un vehículo. Antes de depositar al último de los jóvenes, pasamos por delante de mi casa y le insistí muchísimo en que me dejase ya, pero él se empeñó en continuar y acercar al chico antes que a mí. Yo siempre he sentido terror por cualquier cosa que se asemejase al acoso, incluso viniendo de chavales de mi edad, así que aquella situación, con un loco armado de cincuenta años, me llenó de pavor. No sabía qué hacer. Antes de dejarme en casa, me preguntó si queríamos ir a una disco-pub o algo parecido, lo que ya me dejó clara la situación en la que me encontraba y consiguió que fuese difícil saber si era mayor el miedo o el asco que sentía en ese momento.

Por fin conseguí convencerle de que me llevase a casa. Sin embargo, cuando llegamos, no me quería dejar salir. Le dije que mi madre seguro que estaba en la puerta, asomada para ver si llegaba bien, lo cual, aunque pueda parecer una patraña, era verdad en la mayor parte de las ocasiones —probablemente, justo en ésa, no—. Me liberé de él y salí del coche, pero se bajó también e intentó que uno de los dos besos de despedida me cayera en la boca… sólo pensarlo me revuelve el estómago.

Durante todas las vacaciones estuvo llamando a mi casa. Entonces no había móviles y el número que yo le había dado era el de mi familia, lo cual estaba bien para que contestase otra persona, pero también tenía la contrapartida de que no hubiese identificador de llamadas. Dejé de contestar al teléfono por completo y les rogué a mis padres que, si quien llamaba era él, dijeran que no estaba.

Seguía viviendo en el terror porque, antes de la noche de la celebración, una vez que estábamos todos los alumnos juntos, nos contó que en otra época se había enamorado de una joven y no la había dejado en paz jamás, ni siquiera cuando ella se echó novio. Había llegado a presentarse en su boda con la intención de estropeársela. Por ese motivo, me imaginaba que se podría convertir en una situación indefinida. No tenía tanto conocimiento de las órdenes de alejamiento como tenemos ahora por las series, pero era como para haberle puesto una, aunque precisamente él, que conocía a toda la policía, se la habría saltado sin problema. Afortunadamente, dejó de acosarme cuando pasó el tiempo.

Más adelante, lo vi en un VIPS. Gracias a Peich, yo iba con toda mi familia, así que me aferré a mi padre y, al verme tras él, solo me saludó, sin decir nada extraño. Cuando se lo señalé a mis padres, pensaron que era un señor de casi ochenta años que conocía por otro lado, con lo cual os podéis figurar lo que éste aparentaba.

No volvió a las andadas. Lo que luego me extrañó es la poca empatía que pueden llegar a sentir los hombres (en general) por las historias de este tipo. Pueden hasta hacerles gracia. Había un chico en el curso que era de mi edad aproximadamente y que se había hecho muy amigo de este hombre viejuno, tanto que se comportaba como su escudero. En lugar de ver como algo casposo y patético que intentase algo conmigo, le hacía mucha gracia. Tanto admiraría a este hombre, por mucho que se metiese con él por su fascismo, que acabó haciendo lo mismo: llamándome sin parar. Daba menos miedo, pero esa actitud insistente de dar la lata a alguien que ya le había demostrado que no le gustaba, para mí era inaguantable. En el caso de este chico, la especie de persecución duró varios años, aunque con menor insistencia. Afortunadamente, ya no queda nada de aquello.

Ahora lo cuento todo como si se tratase de una historia de terror. Han pasado tantos años que para mí también suena como un relato ficticio, pero todo fue tal cual está narrado, no hay ninguna exageración. El miedo que pasé es algo que ya no vuelvo a sentir al escribir esto, pero que recuerdo bien.

7 de diciembre de 2009

El colmo de la censura en el Band Hero

Me molestan esos pitidos que tapan los tacos en los programas de TV. Como mínimo, podrían tener la decencia de no incluir ningún efecto de sonido. Suenan como un castigo al oyente, como si éste tuviese la culpa de que el intérprete hablase mal.

En las cadenas de televisión donde estén obligados a llevar a cabo esta censura deberían seleccionar su programación con arreglo a ello. No tiene sentido emitir un documental sobre Metallica en el que todas las declaraciones lleva un "fuck" en mitad de cada frase y cada una de las canciones maldice de cuatro o cinco formas distintas por verso.

Las series que están escritas conociendo ya esta política evitan decir palabrotas incluso aunque vengan a cuento o aunque el personaje se defina precisamente por su falta de educación en el habla. A veces consiguen soluciones ingeniosas, como tapar la palabra con un ruido, al igual que hacía el inicio de Austin Powers con la imagen. En "30 Rock" se ríen del hecho en sí, ya que es una serie metalingüística. Pero no siempre se pueden dar estas soluciones y lo normal será que se provoque una artificialidad en los diálogos que perjudica a los guionistas.

Además de todo, considero que esta forma de censura no va a evitar que nadie hable mal, pues esas palabras se pueden aprender en el colegio y va a llamar más la atención sobre el taco que si se dejase de forma normal. O, incluso más aún: qué tiene de malo que la gente diga tacos y por qué es responsabilidad de las autoridades evitar que los digan, será problema de cada uno la imagen que dé ante los demás.

Pero, por muy molesta que sea esta práctica y todo lo absurda que me pueda parecer, no me ha parecido tan increíble como la que percibí el otro día por primera vez: estaba jugando al "Band Hero", cantando "American Pie". Como ya os conté, me la sé de memoria, así que no estaba leyendo la letra y tampoco oía bien las voces, que quedaban tapadas por la mía. Pero, como la frase se repite tanto, hacia el final me di cuenta de que ponía "were drinking ___ and rye" y no me lo pude creer, pensé que era un fallo. A la siguiente vez me di cuenta de que, efectivamente, se estaba evitando escribir la palabra "whiskey", pero no sólo eso, también había una bajada en el volumen de la voz para que no se pudiese oír. Me quedé alucinada.

En otras canciones, como "Honky Tonk Women" estaban prohibidas casi todas las palabras. ¿Pero cómo se les ocurre poner una canción de unos borrachuzos como los Rolling Stones en un juego donde se censuran los nombres de las bebidas alcohólicas? Y, puestos a censurar, ¿no deberían quitar la canción entera… pues todos sabemos qué profesión tenían las mujeres a las que alude el título.

Así que piensan que si los jóvenes escuchan palabras que se refieren al alcohol van a tener más ganas de beberlo. O que si no lo oyen podrían prescindir de él, aunque tuviesen ganas. Las canciones incitan a beber… podría hasta entrar en ese debate, pero ¿el dejar de escuchar la palabra del alcohol evita esa incitación? Por ahí sí que no podría pasar de puro absurdo que es ese razonamiento.

Por cierto, también les insulto por incultos porque el "rye" no quiere decir que los viejos chicos bebiesen centeno en grano, se refiere a otro tipo de whiskey, o sea que también lo podrían haber eliminado.

1 de diciembre de 2009

Otros hallazgos curiosos

Parecerá vagancia esta última tendencia que tengo de imitar al failblog en La navaja en el ojo. Lo cierto es que tengo entradas largas y reflexivas pensadas y varias de ellas incluso escritas y maquetadas y, si no las publico, es para no aburrir o amargar a la gente con mis cuitas. Con estas fotillos se puede pasar el rato. Pero en cualquier momento volveré con una de esas protestas típicas en mí porque, en realidad, si creé el blog fue para desahogarme sobre esos temas y tarde o temprano lo volveré a necesitar. Gracias por estar ahí.

Bin Laden fail.


Statement fail.


Notes fail (or win).


Privacy fail.



Spelling fail.

Swimming pool size fail.


Lamps reflection on chair fail.





Medical reassurance fail.

Las anteriores no necesitan mucha explicación, pero ésta, sí. Es un paseo que hay entre Moncloa y la Complutense. Me imagino que pusieron —decir "plantaron" sería exagerar— estas plantas una tarde y que esa misma noche hubo tal lluvia y tal viento que todas acabaron muchos metros más abajo, casi en la carretera. No fue un buen trabajo de jardinería. Otro montaje para ver si se entiende mejor: