19 de septiembre de 2011

Llama un inspector


Estuve viendo la obra de teatro Llama un inspector, de J.B. Priestley, que ha traído a Madrid Josep María Pou. Y me pareció excelente.

Aparte de la contenida y minimalista interpretación del director, a la que solo se pueden dirigir elogios, del resto del elenco no sabría qué decir, pues se me antojaban, en ocasiones, artificiales, especialmente el señor mayor. Los jóvenes iban cobrando no solo credibilidad, sino una emoción extraordinaria a medida que avanzaba la obra y la madre estaba muy auténtica en su papel. Pero no me desprendo de la sensación de que, si lo hubiese visto con actores británicos, la habría encontrado aún mejor.

Lo que sí tengo clarísimo es que el texto me pareció extraordinario. Considero increíble esa capacidad para penetrar en las personalidades de estos adinerados inconscientes y de hallar cómo actos que podrían parecer insignificantes pueden tener extraordinarias consecuencias, tanto incluso como para arrancar la culpa de personajes que se las prometían muy felices. Cuanto más sutil fuese el acto malvado que hubiese provocado la fatídica resulta, más interesante encontraba el reproche.


El autor, como indica el programa del teatro Latina, era muy dado a jugar con la estructura temporal y a introducir ensoñaciones premonitorias, flashbacks y otro tipo de ardides narrativos. Esto me resulta sumamente innovador, no solo para la época en la que se escribió la obra, sino incluso para hoy en día. Por lo tanto, encuentro absurda la pega que le han colocado algunos críticos al decir que la obra está anticuada.  

Habría que ser capaz de distinguir entre algo rancio y algo que transcurre en una época pasada. Llama un inspector puede estar situada en 1917 y quizá a muchas personas el vestuario y el mobiliario les creen rechazo, pues prefieren esos decorados vanguardistas y enigmáticos de otras obras. Pero nada de eso significa que a la obra le falte vigencia ni en su contenido ni en su planteamiento formal. En lo primero, la crítica hacia las clases adineradas está más de vigencia que nunca, con todas las leyes sobre la contratación que nos tienen en ascuas. Sobre lo segundo es sobre lo que decía que me resulta, si lo he interpretado bien, valiente y rompedor incluso para nuestro siglo.

A partir de ahora, quiero lanzar una pregunta solo apta para las personas que ya hayan visto la obra. A quienes no la han visto, les recomiendo que se pasen por el teatro, por lo que mejor será que no lean lo que viene a continuación, que les destriparía la enorme sorpresa que les espera:


Lo que entendí, al final, especialmente tras leer el dato de que Priestley acostumbraba a presentar sueños y premoniciones, era que todo lo del inspector había formado parte de una especie de alucinación colectiva, un sueño compartido. Otras personas que vieron la obra conmigo buscaban explicaciones más racionales, como que el inspector fuese un actor contratado por el futuro yerno o el padre de la joven muerta, que los quería torturar. Pero yo creo que me quedo con que la culpa les provoca a todos esa personificación, incluso aunque no todos los detalles me queden claros o aunque sepa que me resultaría difícil responder a todas las preguntas que se me podrían formular para desmontar mi teoría. ¿A qué conclusión llegasteis vosotros?

6 comentarios:

Jeremías Ortiz de Gamurva dijo...

De momento no la he visto (tengo ya la entrada para el 8 de octubre), pero has planteado algo muy interesante.
Habitualmente vemos tragedias griegas y óperas barrocas con puestas en escena contemporáneas en las que decorados, movimientos e incluso textos se «actualizan» con criterios unas veces muy acertados, otras muy discutibles. En este caso estamos ante un texto escrito en una época en la que los autores solían describir minuciosamente los decorados (también aspectos básicos de la interpretación). Considerar que una adaptación en la que se mantiene (se respeta) la forma de hacer propia del momento en que se estrenó una pieza es «anticuado», sin valorar si es una adaptación buena o mala, creo que es modernidad mal entendida. Ocurre algo similar con el cine, invadido por cámaras «parkinsonianas» y montajes sincopados. Todo es válido si está bien hecho y siempre que aporte algo, que no sea gratuito. Pero, claro, es más fácil que los actores salgan de cuadro (o queden desenfocados) en mitad de una frase que organizar un plano-secuencia coral como hacía, por decir alguien, don Luis García Berlanga. Y construir un decorado «clásico», con múltiples elementos de atrezzo, más un vestuario complejo en cuanto a tejidos y hechuras es, a mayores, más caro que dejar el escenario desnudo y que los actores muevan media docena de elementos multiuso.
Ahora bien, parece que podemos llegar a aceptar ver a personajes de Eurípides con escafandra. ¿Ocurre lo mismo con algo escrito hace cincuenta o setenta años? Posiblemente haya que esperar unos cuantos siglos.
En cuanto a tu pregunta, aunque, como decía, aún no he visto la obra, conozco, más o menos, el argumento y sospecho que, en el fondo, no importa mucho. ¿Nos encontraremos ante un Macguffin? Volveré después de verla.
Por cierto, más de una vez he leído incorrectamente escrito el título Llama a un inspector.

La navaja en el ojo dijo...

Muchas gracias por tu comentario.

Estoy muy de acuerdo con lo que dices y es verdad que afecta tanto al cine como al teatro. La modernez vacía no tiene ningún valor, tiene que tener un sentido y estar bien hecha.

Sí, es fácil caer en la confusión y creer que hay que llamar a un inspector, pero lo que ocurre en esta obra es que el inspector llama a la casa de los otros personajes, como el cartero, pero una sola vez.

Jeremías Ortiz de Gamurva dijo...

Bueno, pues ya puedo decir algo más. Sobre el texto y el montaje, poco que añadir.

El decorado que a algunos les parece anticuado funciona estupendamente para disponer en todo momento a los personajes, en la medianera hueca que divide los dos espacios, con mayor o menor proximidad física paralelamente a la proximidad «emocional». Sólo pongo una pega: al comienzo, cuando están todos en la mesa del comedor, desde algunas butacas se pierde la visibilidad del personaje Arthur.

La actuación de Pou, como siempre, extraordinaria. Los demás muy bien; en los primeros minutos Canut me pareció algo exagerado, pero después lo encontré acorde con su personaje de señorón estirado y prepotente.

Me chirrió el «iba muy pedo» que dice Sheila. Anacrónico, ¿no?

En cuanto a qué o quién es el inspector, no creo que haya que darle muchas (ni pocas) vueltas. Es más, me temo que hacerlo es morder el anzuelo. Lo importante es mostrar (y denunciar) a unos personajes representativos de un grupo social indiferente ante el mal que ellos mismos causan. La segunda llamada, la «real», me suena al deseo del autor de que exista de verdad una justicia que castigue los desmanes que hemos presenciado, como metáfora o ejemplo de algo generalizado. Pero en el fondo no es más que un deseo; ese segundo inspector tampoco existe.

Ahora bien, hay una posible clave que no sé si es aportación de Pou o está en el texto original: cuando el inspector Goole entra y sale de escena, la puerta se abre y se cierra sola (no ocurre así para los demás persoinajes) y durante el tiempo que permanece en escena cesa la lluvia.

En definitiva, una trama muy bien urdida para enviar un mensaje sin necesidad, por una vez, de llamar a Western Union.

La navaja en el ojo dijo...

Muy buen análisis. Gracias por el comentario. Saludos.

José Antonio del Pozo dijo...

pues yo creo que has hecho una fantástica reseña. No he visto la obra, pero me animas a verla. Los textos de Priestley suelen tener muy logrados diálogos y dominio de la "carpintería teatral". Además tiene mérito destacar hoy el teatro, dado el alud de imágenes trepidantes a que el cine nos habitua, frente al que el valor de la palabra queda para los jóvenes de capa caida. No lo valoran ni aprecian.
Y tu blog, lo que llevo leido, me parece muy interesante.
saludos blogueros

La navaja en el ojo dijo...

Muchas gracias.