21 de febrero de 2012

Los viajes en el tiempo en 'Q', de Evan Mandery

La novela 'Q', de Evan Mandery, toma los viajes en el tiempo como punto de partida de una historia romántica, amalgama de géneros que no se hace aquí por primera vez.

Nos habla de un hombre, suponemos que alter ego suyo, prometido a una mujer de nombre Quentina –Q para los amigos y cualquier persona con aborrecimiento por los nombres horrendos–. Pocos meses antes de la boda, recibe una visita de su yo del futuro, que le pide que no se case con esta chica porque tendrán un hijo que morirá de niño, lo cual les destrozará las vidas. Sin plantearse siquiera la posibilidad de casarse y no tener hijos o adoptar niños ajenos, el protagonista provoca una discusión para romper relaciones con su novia. Cuando creía que su vida sería perfecta, comienza a recibir más visitas de diversas versiones viejas de él, algunas mejor conservadas que otras. Cada uno de estos señores le va recomendando cosas que él acomete sin queja ni cuestionamiento.




Mientras van ocurriendo todas estas cosas, el libro es muy entretenido, se lee con gran facilidad y no supone ningún problema, ni con respecto a los viajes en el tiempo, ni de otro tipo. Cuando llega a su tercera parte, de menos de cuarenta páginas, todo lo anterior da fruto a una reflexión y las explicaciones sobre los viajes en el tiempo empiezan a estar presentes.

Como hacen casi todos los autores para poder contar su historia, Mandery se toma la licencia de minimizar las consecuencias de lo que se conoce por "efecto mariposa". Lo hace hasta tal extremo que casi le da la vuelta: mientras la teoría afirma que el más ligero cambio puede provocar que, transcurrido un tiempo, la realidad se transforme hasta ser casi irreconocible; este autor indica que los grandes cambios que los viajeros en el tiempo introducían en sus pasados para mejorar sus vidas apenas tenían influencia en las existencias que ya conocían. Podemos aceptar esta especie de permiso que se toma, debido a que la filosofía de la novela parte justamente de ahí y viene a decir, más o menos, que no importa lo que nos esforcemos por cambiar las cosas, pues todo seguirá básicamente como está.

La lección que yo pensaba que trataría de darnos, la de que no nos obsesionemos con lo que podríamos haber hecho y no hicimos porque quizá nuestras decisiones nos han llevado a la mejor de las opciones, no se encuentra en la conclusión. Y durante el transcurso del libro, la reflexión que provoca es justo la contraria, ya que cada decisión vital que uno de sus viejos yos le dice que tome nos hace preguntarnos si no nos habría convenido recibir la visita de una versión sabia de nosotros cada vez que emprendimos algo. Pero cada uno da con su libro las lecciones que quiera. Entiendo lo que él ha querido decir y me parece una reflexión bella, pero conlleva en sí misma la contrapartida de que dejará la peripecia del libro en algo aparentemente menor de lo que podría haber parecido.


La consideración del autor hacia las mujeres

Me surge, tras la lectura más que del libro, del epílogo, otra cuestión que nada tiene que ver con los viajes en el tiempo. Como ya decía, la solución que cualquiera habría dado a la primera visita es la de convencer a su novia de no tener hijos biológicos, lo que no le había resultado difícil, teniendo en cuenta que ambos eran portadores de una enfermedad que se transmite genéticamente y que sería lo que mataría finalmente a su retoño. Mientras leía el libro, dejaba de lado esta cuestión que, de otra forma, podría haberme estado repiqueteando, ya que pensaba que de ella surgiría el romántico y feliz final: que él, muy anciano, después de haber viajado y recibido todas esas visitas, volvería a viajar al pasado para decirse a sí mismo, justo después de que hubiese hablado con la versión sesentona, que en lugar de cortar, se quedase con Q. Pero el libro no hace eso en absoluto, así que no os preocupéis porque no os he destripado nada.

La resolución es otra y en el epílogo el autor nos dice que está muy feliz con su mujer y sus tres hijos. Lo que me hace pensar que esta persona tiene para él el valor que supone haberle proporcionado una progenie y que, de ser estéril su esposa o no desear parir, la habría rechazado. En la novela el autor pinta a su personaje (¿a sí mismo?) como un ser abierto, tolerante, igualitario y en absoluto machista. Nos asegura que adora a Q, que la quiere más que a nada o nadie y que es la mujer de su vida. Pero parece que no la quiere lo suficiente como para estar a su lado sin los niños que ella le pueda proporcionar. Es decir, que el único sentido de encontrar pareja es la procreación.

Por otra parte, es apabullante el paternalismo de una decisión que el autor vende como romántica y altruista. En ningún momento le traslada a Q la pregunta. Entendemos que no pueda contarle la verdad de la visita de un ser del futuro porque no se la creería, pero podía decir que se ha hecho las pruebas, ya que un pariente le comentó que tenía esa enfermedad. No es que no tenga en cuenta su opinión de forma egoísta porque prefiera tomar la determinación que más le interesa, sino algo aún peor: cree saber lo que a le conviene más a Q y, como si ella fuese una niña, toma la decisión de forma secreta, unilateral y, como decía, paternalista: por su bien.Y no es que Mandery no se haya percatado de esto, sino que cree que ha hecho muy bien. Al final de la novela (y ahora sí os estaría destripando cosas, si termináis el párrafo), se crea la fantasía masculina en la que una versión anciana de Q habla con él y no solo le perdona lo que hizo, sino que dice que siempre lo siguió queriendo y ni se plantea si ella habría tenido derecho a saber lo que estaba ocurriendo y a decidir por sí misma.

Estas últimas consideraciones sobre la opinión del autor acerca de las mujeres son algo que no puedo evitar sospechar, pero que no resulta patente de una forma ostentosa. No me impiden haber disfrutado del libro ni ensombrecen otras conclusiones que saco sobre la obra. Lo de los viajes en el tiempo es lo principal y lo poco que he comentado más arriba lo incluyo solo como arranque para que preguntéis o suscitéis más reacciones en comentarios y podamos seguir debatiendo sobre el tema.

14 de febrero de 2012

San Valentín

Está muy mal visto esto de celebrar San Valentín o el día de los enamorados. Las opciones no son nada buenas si dices que estás haciendo algo al respecto: o que te consideren cursi o bien hortera y fácilmente camelable por superficies de enorme extensión como El Corte Inglés.

Puedo entender que se vea de esa forma la obligación de intercambiar presentes. Pero me resisto a considerar que hacer algo especial en esta fecha o las aledañas –quizá el fin de semana se presta más– sea estúpido. Como dije cuando reivindicaba sumarse a la ocasión que Halloween ofrece para disfrazarse, ¿por qué no vamos a elegir las fiestas que más nos diviertan o cuya celebración sea más satisfactoria?

Entre optar por lo que se hace en San Valentín, que supongo que no tengo que detallar, o hacer lo que requiere cualquier otra festividad, que suele consistir en reunirse con familiares a los que puede apetecer mucho ver o puede no apetecer en absoluto, creo que no cabe mucha duda. Si me dicen que prescinda de alguna fiesta, que sea de otra.

El argumento de muchas parejas de que para ellas es siempre el día de los enamorados y de que no requieren que el calendario se lo diga para pasar una jornada especial me parece muy bonito. Pero no me lo creo. Lo siento. Por mucho que nos lo propongamos, si no hay algo que nos impulse más allá de la rutina, nos vamos a dejar llevar por las obligaciones y las costumbres y acabar dejando eso que nos proponemos para más adelante, lo que significa para nunca.

No hablo de responder exactamente al tópico: cena romántica, flores, bombones… eso puede ser más coñazo que no hacer nada. Pero me refiero a aprovechar esta excusa, como cualquier otra, para estar con esa persona a la que quieres y que probablemente hayas llegado a ver como parte del mobiliario de casa… exagerando un poquillo.

Me parece muy bien que haya quien no lo celebre en absoluto y se comporte como cualquier otro día. También puedo entender que critiquen a quienes sí lo hacen porque la iconografía que rodea a este día es de pésimo gusto. Pero creo que existen otras formas menos empalagosas para pasar un buen rato y darse una alegría.