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12 de febrero de 2006

LIBROS

(Relatos publicados en Historias para viajes cortos)
LIBROS VÍRGENES
Me dedico a tomar prestados de la biblioteca libros que nadie ha sacado nunca. Ni siquiera los leo. Los ojeo, como mucho. Algunos. Los libros lo notan. Cuando nadie los ha tomado prestados, su cartulina con el sello del centro permanece en blanco. Conmigo consiguen una marca. Un principio. Y perder la virginidad de esa forma hace que comiencen a salir. Lo he comprobado. Hay un pequeño libro azul en un rincón de la última estantería, de una autora desconocida aquí, pasada de moda incluso en su país, que desde que atravesó de mi mano la puerta ha estado fuera ya por lo menos cinco veces.

Al principio, de las tres obras que dejan llevar, cogía uno de estos huérfanos, mirando siempre si ya había sido manchado su carnet de baile. Los otros los elegía a placer, para leerlos y disfrutarlos. Pero empecé a encontrar tantos volúmenes necesitados que uno por quincena me parecía poco. Sacrifiqué una lectura y comencé a llevarme dos, como quien hurta, con miedo siempre a que el encargado me preguntara qué me atraía de cada título.

Llegó un momento en que no me importó más leer. Moviéndome con disimulo entre las estanterías, consultaba la ficha de préstamo en lugar del título, autor o el argumento en cada ejemplar. Y sacaba tres, los llevaba a casa y al día siguiente volvía para salvar la vida a nuevos náufragos. En mi cuarto les había preparado un lugar especial. No leerlos parecía parte del ritual. No quería saber lo que en ellos estaba escrito, pero sentía la necesidad de mimarlos. Las páginas, las portadas de colores, esas impresiones que nunca habían sido acariciadas me estaban pidiendo por favor un poco de cariño. Me preocupaba incluso de buscar un trío que pudiera llevarse bien: no quería que su única escapada se convirtiera en un infierno que fueran los otros.

Cuando en la biblioteca no quedó un solo libro inmaculado, experimenté alivio. Seguí pasando por allí, me gustaba ver a otras personas tomar prestados estos textos que habían dormido junto a mí en su primera noche fuera. Sin embargo, aunque muchas de esas novelas podrían haberme atraído como lectora, ya no sentía la necesidad de llevármelas. Aquello ya no era para mí. Mi misión estaba consumada.

Y no volví a la biblioteca. Ahora nunca abandono la casa. Tomar libros prestados era mi único motivo para escapar. Aquí estoy, con una vida entera que contar, pero cerrada en mí misma, el lomo hacia fuera, acumulando polvo, haciéndome cada vez más vieja y olvidada. Perdiendo interés. Sin embargo, guardo una esperanza: cuando una persona venga por mí la primera vez, estoy segura de que me buscarán muchas más.
LIBROS VORACES

Mi libro devora los marcapáginas. Me di cuenta ayer. Ignoro si le sentó bien. Tenía un dibujo algo angustioso, mostraba El grito, de Munch. Le puse entonces, como señal, el billete de tren en el que viajaba. Marché a la cafetería, arrinconando el texto entre el brazo del asiento y la ventanilla y, cuando estaba de regreso, el revisor solicitó mi pasaje. Nada pude mostrarle pues, dentro del ejemplar no hallé ningún papel que no le perteneciera. La gracia del desgraciado me costó una buena multa.

Trataba de relajarme, pensé retomar la lectura, pero otra vez mi libro me había dejado perdida entre sus páginas. Necesité varios minutos para reencontrarme con el personaje en esa noche de lluvia, en mitad de la carretera donde lo había obligado a esperarme, quieto. Pronto comprendí cuál era el problema. El libro no aprobaba mis demoras e interrupciones. No le gustaba ser abandonado, aunque fuera momentáneamente, para atender otros asuntos. Adiviné entonces que su venganza sería constante. Mi única posibilidad era leer sin pausas, hasta el final. E hice el esfuerzo de nunca distraerme. Claro que sabía que se presentarían momentos en los que me sería imposible continuar.

Cuando alcanzamos la estación de destino no tuve más remedio que cerrar el libro y, con la secreta esperanza de que esta vez funcionaría, le dejé un trocito de periódico en su interior. Ya en casa, al buscar casi con enfado y desesperación dónde había interrumpido la lectura, caí en un fragmento que había pasado por alto y me dispuse a releerlo. Me hizo reflexionar. Eché atrás la cabeza, los ojos soñadores entrecerrados, pero me daba miedo plegar el volumen sobre mi regazo y dejar el dedo dentro. Podía arrancármelo. Lo saqué y volví a perderme.


LIBROS CÓMPLICES

Sentada enfrente, en la biblioteca, la muchacha lleva un escote que no le deja estudiar. El chico le ruega que se tape y ella responde que hace calor. Se juntan en los lavabos, a hurtadillas. Al día siguiente, como el baño es muy incómodo, ella sugiere que busquen un rincón en la sala de lectura. Todo el verano, aplacan su deseo entre los libros, en las estanterías menos visitadas, junto a una enciclopedia médica, sobre el boletín oficial del Estado. Un día, él rompe el mudo pacto y le pide que vayan a su casa. Ella exclama: "Hoy tengo que estudiar, falta poco para mi examen", mientras se aleja. Y no vuelve. Él pregunta al bibliotecario y a los otros estudiantes. Nadie la conoce. Pasea por aquel laberinto, la busca en los pasillos primero, la espera, luego entre libro y libro, abre uno y mira en su interior después, en medio de dos páginas, entre palabras. Aún hoy puede verse allí a un joven, hojeando cada tomo, escrutando entre las letras, dentro de toda o, de toda a. Dicen que busca a su amada, que se perdió entre líneas.

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