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5 de abril de 2006

Belleza e inteligencia

No sé si como consuelo de tontos y de feos o por qué, pero siempre se ha supuesto que los atributos estaban repartidos y que quien era guapo o guapa, solía ser bastante simplón o simplona. De la misma forma, las personas poco agraciadas, necesariamente tenían que gozar de una inteligencia y una personalidad arrolladoras. Esta forma de pensar, un tanto infantil o adolescente, se ha quedado en el inconsciente de muchos. Si nos paramos un poco a pensarlo, veremos que es totalmente absurdo.

Biológicamente, que yo sepa, no hay nada que impida que una persona herede o desarrolle cerebro y al mismo tiempo cualidades externas. Y aún así sigue sorprendiéndonos si vemos a un escritor bueno que además lo está o a una científica cañón. Pero, ¿por qué no iban a estarlo?

Lo que suele ocurrir es que, si alguien es consciente, desde pequeñito, de su atractivo, entonces su personalidad se desarrolla de forma distinta a si recibe el rechazo de los demás y crece falto de autoestima. Alguien que se sepa guapo, probablemente se convertirá en superficial y desarrollará muy poco interés por dedicarse a, pongamos como ejemplo, temas filosóficos o a la ingeniería aeroespacial. Y, claro, algo que ya no tiene que ver con la falta de inteligencia, pero para lo que usamos una palabra que también se podría aplicar a los tontos: la gilipollez. Alguien que siempre se haya visto bello y que haya recibido elogios y proposiciones de todos los demás desde infante, es muy probable que se lo tenga creído y que, por tanto, sea un estúpido.

Si se pudiera hacer un experimento de este tipo — y no se puede, no por la crueldad que supondría, sino porque habría que retroceder en el tiempo y reproducir dos decenas de años con idénticas condiciones — estaría bien ver cómo cambiaría la personalidad de un individuo guapísimo y esbelto si le dejas crecer de esa forma hasta alcanzar la juventud o si a los tres años le implantas una obesidad mórbida y un problema capilar grave y se lo quitas a los veinte. A pesar de que partiera con las mismas neuronas y la misma inteligencia, su personalidad se desarrollaría de formas tan diferentes que acabaría dedicándose a trabajos completamente opuestos y comportándose con los demás de formas muy distintas en un caso o en otro.

Es decir, que la belleza y la inteligencia no son incompatibles físicamente, supongo, porque no sé nada de biología. Pero en la sociedad sí que se van convirtiendo en cualidades no compartidas. Cuando vamos a un bar, por ejemplo y el camarero es el típico modelito que está para comérselo, pero que no se entera de nada de lo que le pides, lo normal es pensar que está muy bueno y que sería mucho pedir que además tuviera neuronas. Pero es probable que tonto no sea, simplemente que se sienta muy por encima del servilismo de atender a los clientes y pase de acordarse de nada o que esté pensando con qué otro modelo se va a acostar esa noche.

Por último queda la cuestión del cuidado. Hoy en día, la belleza es casi exclusivamente un exponente de la cantidad de horas de peluquería y salón de estética que lleva alguien encima, de las operaciones cosméticas o del estilo de ropa. Y ahí, sí, claro. Ahí si que se puede aplicar, casi como una ecuación, que una persona muy cerebral y muy centrada en cuestiones científicas, filosóficas, literarias o yo qué sé, de altísimo nivel, va a cuidar muy poco su aspecto y no le va a importar comer hasta la obesidad, sin tratar nunca de hacer régimen o ir al gimnasio; ponerse lo primero que pille en el armario y jamás ir de compras, o llevar el pelo y la cara como quede. Y la fealdad muchas veces es sólo aparente por culpa del descuido. Aquí estarían los famosos “freaks” a los que todo les da igual. Otras veces, si el descuido es muy grande, también puede deberse a problemas psicológicos de falta de autoestima o sociabilidad, pero eso ya sería entrar en otro debate, que prefiero dejar aparte.

La verdad es que este debate da para mucho porque se podría entrar a hablar de la inteligencia emocional o de lo que significa realmente ser inteligente. Se suele asociar inteligencia con cultura o cantidad de conocimientos y no tiene por qué ser así. Porque una persona que se pasa su vida amargada en su casa leyendo a Marcel Proust probablemente es más tonta que la que está divirtiéndose constantemente en las discotecas y follando a diestro y siniestro. Y, si no es más tonta, ¿para qué vale ser lista? Muchas veces también se ha identificado inteligencia con depresión. Los subnormales son muy felices y cosas así, se suelen oír. Hay gente que se automartiriza porque le parece inferior reírse y divertirse. Pero eso sí que ya me suena completamente absurdo y prefiero, igual que en el párrafo anterior, no seguir por ahí.

La inteligencia que tiene utilidad práctica puede que sea más valiosa en el mundo en el que vivimos que la otra. Hay artistas con mucho talento para su arte, pero que no saben venderlo o que no conseguirían obtener un puesto de trabajo o trepar hasta el cargo que les hiciera justicia. El ejemplo está más visto que el tebeo: Van Gogh.

Estamos acostumbrados a ver a las personas muy bellas utilizar la inteligencia de formas que normalmente no se reconocen como brillantez, pero que sí que lo son. Por ejemplo, las típicas misses que se casan con diez millonarios a lo largo de su juventud, probablemente son más listas que nadie para lo que hacen. Son capaces de acercarse a quienes conviene, estar en las fiestas oportunas, desbancar a sus rivales. La persona que ahora mismo juegue mejor al ajedrez del mundo muy posiblemente no sería capaz de llegar ni a la mitad, aunque se lo propusiera y aunque le dejaran prestado el cuerpo.

Hablando de esto, se me ocurre citar un curioso reality show que emiten en EE. UU. y en Inglaterra: “Beauty and the Geek”, que traducido sería como “La bella y el freak” (vaya traducción, diréis. Pues sí, la palabra “freak” en inglés no significa lo mismo que lo que entendemos aquí). Meten en una casa a ocho tíos absolutamente friquis asociales y a ocho tías descerebradas sólo preocupadas por su físico y por ligar. Pero, aunque objetivamente los inteligentes sean ellos, se podría decir que ellas son más listas porque lo que quieren lo consiguen, saben de lo que les hace falta y son felices. Ellos no son capaces ni de acercarse a alguien para ligar y no sé quién conseguirá más rápidamente sus objetivos en la vida. Probablemente ellas. Se puede decir que las metas de ellos son más elevadas, que ellas son superficiales… lo que quieras, pero no son nada tontas para lo que les conviene. En lo que consiste el reality, claro, es en que se complementen. Mientras ellos les enseñan a ellas cultura básica y cómo arreglar el coche (sí, en otros países los friquis saben de coches), ellas les cambian la pinta y les dan truquitos para ligar.

Pero me estoy yendo del tema. Habría que saber si inteligente uno nace o se hace. Probablemente, la inteligencia no cambia, salvo que se pueda ejercitar y aumentar igual que los músculos. Lo que sí se desarrolla es el grado de conocimientos. Y éstos ayudan mucho a emplear la inteligencia, se tenga la que se tenga. Si las cuestiones fueran únicamente ambientales, la relación belleza e inteligencia sí que podría ser tan inversa como comúnmente se piensa. Pero si se nace ya con un coeficiente determinado, entonces es probable que no tenga nada que ver.

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