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17 de abril de 2006

Compartid vuestros momentos embarazosos.

En el último libro (o uno de los últimos) de Paul Auster, The Brooklyn Follies, el protagonista, que es un poco el alter ego del autor, decide matar el tiempo que le sobra tras su jubilación escribiendo un libro en el que recopile todas las pifiadas, meteduras e pata y torpezas que cometa él mismo o personas conocidas por él. También se incluirían frases en las que se “lengua la traba”, y errores con consecuencias más graves.

Por lo que dice, la labor requiere un cierto grado de introspección y de desnudarse a uno mismo, ya que estos momentos embarazosos, normalmente preferimos no revivirlos ni recordarlos. Y, si hemos tenido la suerte de que casi nadie los haya conocido, preferimos no confesarlos. Pero relatarlos a lo mejor puede servir como ejercicio para liberarnos de su opresión, para aprender a vivir con nuestros errores y avanzar. Para reírnos de nosotros mismos.

Voy a contar dos que me avergüenzan bastante:


Esto ocurrió hace dos o tres años. Había pasado los quince o veinte días de vacaciones con mi novio. Un tiempo en el que estábamos juntos casi las 24 horas. Con tanta proximidad una se acostumbra y tenerlo al lado se hace tan natural e inconsciente como tener brazos o dedos. Cuando para mí terminaban ya las vacaciones, me volví en un tren a mi ciudad, mientras él se quedaba en la suya pasando algunos días más (en seguida volveríamos a encontrarnos). Era la primera vez que estaba unas horas seguidas sin él en toda esas semanas. En el tren, yo iba durmiendo y se sentó al lado un chico. Se puso a leer el periódico y a hacer el ruido normal de paso de hojas. En mi inconsciente duermevela, para mí el que me impedía abandonarme completamente en los brazos de morfeo, no podía ser otro que mi novio, por lo que le di un manotazo para hacer que parara de pasar las hojas y, por lo tanto, de hacer ruido. Justo en ese momento, abrí los ojos y descubrí que se trataba de un desconocido. Quería morirme de la vergüenza o que la tierra me tragara. Ni siquiera fue capaz de explicarle por qué lo había hecho, me quedé sin habla. El resto del viaje lo hice en la cafetería.

Y lo otro pasó hace muchos más años, yo debía de estar en 3º ó 4º de EGB. Ahora mismo ya no da vergüenza, os va a sonar a chorrada monumental, pero yo siempre he sido más tímida que la hostia, como dice el chiste, y de niña muchísimo más. Lo que ocurrió fue que estaba en el patio del colegio y un chico de una clase superior quería ir hacia el sitio contrario hacia el que iba yo. Nos impedíamos el paso el uno al otro. Empezamos a movernos hacia los lados para dejar pasar, pero coincidiendo siempre hacia el mismo sitio. Seguro que os ha pasado esto alguna vez. Incluso a mí me ha vuelto a ocurrir en más de una ocasión. Pero entonces, el baile se me hizo tan eterno y me moría tanto de la vergüenza que aún hoy en día, casi veinticinco años después, todavía me acuerdo. Para hacerse una idea sólo hay que imaginar la escena: con los demás compañeros y compañeras de recreo comentando tonterías al respecto y partiéndose de risa. Y cuanto más tratabas de desplazarte hacia el lado correcto para que se acabara lo antes posible el momento, más se complicaba la situación. No sé por qué incluso me acuerdo de la anécdota viendo a ese chico como culpable, como si él se estuviera riendo de mí, cuando probablemente también pasó un mal rato.


Me acuerdo ahora de varias veces en las que he hablado mal de alguien sin darme cuenta de que estaba lo suficientemente cerca como para oírme, lo cual es especialmente grave si se trata de un profesor o profesora cuando estás estudiando, o de tu jefe/a cuando trabajas.

Seguro que también tenéis bastantes cosas de este estilo para contar. Si queréis aportarlas, podemos hacer un Bloglyn Follies particular.

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