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22 de abril de 2006

Nostalgiol

POSOLOGÍA: En adultos, de dos a tres cápsulas ante la presentación de síntomas. Tratamiento: dos cápsulas después de las comidas durante 10 días. Si los síntomas persisten, consultar a su médico o farmacéutico. En niños: no se recomienda.

Debía de tener unos doce años la primera vez que tomé Nostalgiol. Acababa de salir del cine y mi irremediable manía de comparar mi vida con lo que veía en la pantalla me estaba haciendo sentir muy triste. Alguien había recomendado el medicamento a mi abuelo. Lo probé. Y pareció que funcionaba.

Durante aquellos años mi mayor afición era ver películas. Contaba pocas amigas y a esas pocas nunca las veía fuera de los ámbitos del colegio. Era una jovencita muy tímida y retraída, con dificultades para la comunicación con los demás y para entablar amistades. Mi refugio eran las salas de cine, allí me encontraba a gusto. Lo malo era que, nada más pisar la calle, mi imaginación me traicionaba para hacer lo que yo le tenía prohibido: colocarme en el papel de la protagonista y mejorar mi vida recreando alguna de las secuencias de lo que acababa de ver, sobre todo si se trataba de aventuras, diversión o éxitos morales y amorosos. A cuántos chicos me imaginé besando, locos todos ellos por mí. Cuando llegaba a casa y me enfrentaba a la realidad, el Nostalgiol se hacía imprescindible.

Acabé el instituto sin que él se fijara en mí. Y yo a él lo veía todas las noches, proyectado sobre el velo de mis párpados, encarnando al protagonista de la última de mis películas, pronunciando esas palabras que yo sabía que nunca oiría en boca de un chico de carne y hueso. Creo que nunca ingerí mayores dosis de Nostalgiol que cuando lloraba por Alejandro. Pero él acabó saliendo con Martita, la guapa de la clase, como esperaban todos.

Una noche, volvía yo del cine hacia mi casa cuando me encontré a Cristina, compañera de facultad, y a sus amigas caminando hacia un bar. Me invitaron a unirme a ellas y dije sí, solo por cortesía. Los dos güisquis parece que suplieron al Nostalgiol esa noche. ¿O quizá fue conocer a Mariano? Me advirtió que no le gustaba el cine, pero sin que él lo supiera, hablamos de cine toda la noche pues, en cada tema de conversación, descubrí que mi desmesurada afición me había proporcionado una cultura que yo no sabía que poseía. Pensé que estaba conmigo por pena o porque en un reparto de chicas con chicos había tenido la mala suerte de esperar a elegir el último, pero a la hora de irnos dijo que esperaba que nos viéramos otra vez.

Volví a salir con Cristina y sus amigas. Ahora tenía que dedicar tiempo a enterarme de lo que pasaba en el mundo para poder hablar, a comprarme ropa y maquillaje para estar presentable, a llamar por teléfono y hacer de buena amiga, a salir. Por ver a Mariano, dejé el cine. Me dije a mí misma que por fin estaba viviendo de verdad y que no debía importarme perderme unas cuantas películas si esto era lo que siempre había querido.

Un día, escuché de sus labios lo que tantos cientos de veces había oído decir, dirigido a otras mujeres: “Te quiero”. “Yo también te quiero”, contesté. La boda fue preciosa, como las de las películas: divertida y no demasiado cursi. Mariano había cambiado mi vida: incluso profesionalmente, tuve el éxito que jamás imaginé que merecía. Tuvimos dos hijos preciosos y muy pronto ganamos lo suficiente entre los dos como para comprarnos el chalé que veíamos en los periódicos.

Hoy, sentada en el restaurante que hace esquina con la Gran Vía, escondo entre mis dedos dos cápsulas de Nostalgiol. Miro las aceras llenas de cines y la gente que va y viene y no quiero que mi marido se entere de que echo de menos aquella época en la que pasaba tardes enteras ante una pantalla.
'Nostalgiol' es un relato que escribí hace muchos años.
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