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27 de abril de 2006

Retroactividad

El otro día leía la autobiografía de un célebre escritor y se me ocurrió que tal esfuerzo ha de ser doloroso: recordando los buenos momentos, lamentamos que hayan pasado; si los malos, apena hacer memoria. La única autobiografía indolora posible es una autobiografía retroactiva. En estos absurdos ensueños estaba yo hace apenas un mes y, una vez metida en soñar, ¿por qué no más?, me preguntaba cuáles serían mis deseos si pudiera formular la historia ideal de mi vida. Algo así:

"Nació en Madrid- eso no tendría por qué cambiarlo- en 1974. A los dieciocho años publicó su primera novela, Retroactividad, con la que obtuvo un enorme éxito. Autodidacta en todos sus conocimientos, mantuvo un apasionado romance con el escritor Jorge Bengala. Dirigió su primera película a los veinte años, Pintura de interiores, basada en su propio guión. Recibió el premio Planeta por su novela El artista en 1997...

Era interminable, pues deseaba vivir muchos años, al menos cien, y hacer infinidad de cosas. No sé adónde arrojé la hoja en la que había garabateado tantos y muchos otros disparates y me olvidé del tema. Cuando me levanté al día siguiente, acompañé, como de costumbre, mi desayuno con la lectura del periódico. En la sección de cultura encontré un artículo que me sorprendió, no sabría decir si grata o desagradablemente.

"Fallece a los 100 años de edad la escritora Begoña Peláez Montero", rezaba el titular. No necesité leer el resto, lo había escrito yo a mano, sobre un viejo papel, el día anterior. O compartía mi nombre con alguien que había vivido la vida que yo deseaba vivir, lo que se me aparecía una inverosímil casualidad, o aquí estaba pasando algo muy raro. Miré la fecha del periódico: 2074. Entonces, había alcanzado los cien años. ¿Qué aspecto se puede tener a esa edad? Aunque si, como afirmaba el diario, estaba muerta, mi aspecto sería aún peor.

Movida por un morbo infantil, o quizá senil si ya estaba en la centena, me dirigí al espejo del cuarto de baño. No me devolvió ninguna imagen. Al menos, ninguna imagen mía, porque pude ver el antagónico de la pared que tenía tras de mí. Así que, era evidente: había muerto. Viví como había querido vivir y sucumbí. Pensé que si era cierto, debía tener innúmeros recuerdos.

Hice memoria y fueron agolpándose todos en mi consciente. Entonces tuve esa sensación: recordar lo malo era desagradable y triste acordarse de lo bueno. No sé si los muertos lloran, pero en ese instante yo tenía buenos motivos para hacerlo. Sí, mi vida había sido perfecta, ideal, inmejorable; pero, ¿de qué me servía si no tenía lo mejor de todo ello, la vida en sí?

Escuché una voz. Creía que los muertos no oían.

-¿Es que no estás contenta? Eso es lo que querías, ¿no?

-Me parece que no.

-¡Otra igual! Nadie quiere lo que quiere cuando ya lo ha obtenido. Pero tú parecías tan convencida...

A través del velo lagrimoso que cubría mis pupilas me pareció percibir un cambio. Restañé el líquido de mi mirada y allí estaba mi reflejo, atónito tras el cristal. Sus jóvenes labios empezaron a dibujar una leve sonrisa que se transformó en carcajada. Me abalancé sobre mi representación y la besé en la boca, no puedes besar tu imagen especular en otra parte. Terminé mi café, me duché y vestí y me encaminé hacia mi rutinario y eternamente detestado trabajo. Dentro del vagón que me transportaba, todas las miradas se dirigían hacia mí. Porque era una joven y célebre escritora, no. Porque les sorprendía mi feliz sonrisa a las ocho y media de la mañana.
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