¿Sobre qué tema quieres leer? Tenemos (casi) de todo

Todavía hay más temas... busca aquí el que te interesa

25 de junio de 2006

Mis bodas gays

Me gustó el artículo de opinión de Vicente Molina Foix que apareció ayer en El País: “Mis bodas gays”. Me sorprendieron, sin embargo, las declaraciones al respecto de Álvaro Pombo, que está en contra de estos casamientos. Lo primero es que no entiendo por qué iba a estar en contra nadie de que sea posible algo que no le influye a uno. Si fuera una obligación casarse, comprendería que se pudiera estar en contra. Si fuera una prohibición, también, pero el hecho de dar una opción no tendría por qué molestarle a nadie. Y digo lo de que no le influye a uno porque puede haber cosas que sí nos moleste que estén permitidas, como por ejemplo, que se fume en determinados lugares, que se pueda hacer ruido hasta altas horas de la madrugada… pero mientras influya solamente a las personas que lo deciden en su ámbito personal e íntimo, entonces no se puede estar ni en contra ni a favor. Al menos no en contra de que exista la posibilidad, pues cada uno puede estar todo lo en contra que quiera de llevarla a cabo. Eso sí.

Según Pombo, que existan estas bodas supone que “los gays inician la invención de una identidad propia tomando coyunturalmente como punto de partida identidades y roles sociales prestados” "el matrimonio homosexual, tal y como se está planteando ahora mismo en España, es una caricatura, no sólo de los matrimonios heterosexuales, sino, sobre todo, del amor gay y lésbico en toda su plenitud posible". Estas palabras me parecieron, si se puede decir así, heterófobas. El señor Pombo está generalizando con respecto a las personas heterosexuales y achacando formas de pensar, de vivir o de ser muy concretas a un gigantesco colectivo. Otras voces también contrarias añadían más rasgos a los heteros que no tienen por qué pertenecer a todos: “los homosexuales mimeticen los matrimonios heterosexuales en sus connotaciones de casa, prole, roles activos y pasivos, etcétera”. Las identidades y roles sociales del matrimonio, la necesidad de tener prole y todo lo que mencionan irán con algunas personas, con otras probablemente ser darán de narices. El deseo de contraer matrimonio será compartido por gentes concretas, otros no querrán ni oír hablar del tema. Algunos están hechos para vivir casados y otros para vivir solteros o de cualquier otra manera. Y el que se opte por una cosa o por otra es absolutamente independiente de si se es heterosexual u homosexual. Habrá heteros proclives a las bodas y otros, contrarios. Habrá homos proclives a las bodas y otros, contrarios. Por ese motivo, como habrá de todo en todas las tendencias, tienen que existir las mismas posibilidades para todos tanto para acogerse a una forma de vida como para rechazarla. Pues habrá que admitir que, si no existe una posibilidad, que uno diga que se niega a eso, carece de sentido.

Entiendo que se esté en contra de cómo se ha instrumentalizado. Pero en contra de la ley en sí, el único argumento que podría valer es el de no hacía falta porque ya se adquirían los mismos derechos con la formalización de la pareja de hecho (expresión que, como queda claro en este contexto, es completamente contraria, pues una pareja de hecho es la que ni siquiera ha pasado por el juzgado para firmar estos documentos; las llamadas “parejas de hecho” según esta ley anterior, ya no lo son sólo de hecho, también de derecho), pero como no estoy en absoluto versada en este tema y no sé si las leyes realmente conceden los mismos derechos, pues me es imposible asegurar que sea un argumento válido.
En todo caso, hiciera falta o no, está muy bien que se haya creado con tanto bombo y platillo y que haya supuesto una especie de puñetazo en las narices a las mentes más reaccionarias y tradicionales. Aunque los derechos sean los mismos, el que la sociedad tenga que acostumbrarse a verlo de otra manera es un paso adelante importante. Y, como añadía Molina Foix al final de su artículo: “Casarse y celebrarlo, al margen de la consecución de unos derechos y la aceptación de unas cargas, es una vanidad […] ¿A santo de qué tendrían los gays que rechazar el lado ostentoso --por no decir hortera-- consustancial a la mayor parte de las ceremonias y funciones de gala de nuestra vida diaria?”

En mi opinión, hasta el matrimonio heterosexual es una tontería. Deberían existir los derechos para todas las personas que compartieran su vida, sea de la manera que sea. Así que, si estoy a favor de esta ley, es simplemente por la igualdad que aporta, no porque crea que deba haber matrimonio para todos. Tampoco me parece que la definición de “boda gay” o "matrimonio homosexual" sea muy acertada, pues la boda en sí ni es gay ni es hetero. Los gays se supone que son los contrayentes, pero ni de eso hay pruebas. Y, por otro lado, contrayentes gays los ha habido toda la vida, sólo que se casaban con una persona del otro sexo para disimular. Así que habría que decir boda de personas del mismo sexo, pero ya sé que suena un poco largo.