¿Sobre qué tema quieres leer? Tenemos (casi) de todo

Todavía hay más temas... busca aquí el que te interesa

28 de septiembre de 2006

Los tacones de aguja: el corsé de nuestros días.

Si estudiamos historia, sociología o cualquier otra disciplina similar, por poco que profundicemos, en seguida veremos que el corsé y los ropajes pesados de épocas pretéritas no tenían únicamente la función de favorecer físicamente a la mujer. O ésta era su función, pero no el único resultado. El corsé deformaba los intestinos y los colocaba el aparato digestivo de manera no natural, a la par que impedía la respiración completa. Así, las mujeres sufrían lipotimias muy a menudo. Las diversas faldas y enaguas añadidas una encima de las otras, suponían un enorme peso. Así, una mujer nunca podía estar mucho tiempo de pie sin cansarse, moverse a grandes velocidades ni hacer nada que requiriera un poco de energía. Por todo eso, las mujeres estaban relegadas a visitas sociales y ocupaciones que tenían lugar en su hogar y que no exigían responsabilidad.

No me llama la atención que eso fuera así entonces. Lo que quiero resaltar es que, viéndolo desde el siglo XXI e incluso desde el XX, se trata como algo negativo porque se dio en el pasado. En menor grado, se dan imposiciones similares en nuestros días que no se perciben con alarma, cuando deberían percibirse con la misma o mayor por el hecho de que están ocurriendo en este momento y, por lo tanto, se puede hacer algo más que estudiarlas. Al igual que ocurre con la actitud de la Iglesia, las atrocidades pasadas hasta ellos admiten que las cometieron, pero nadie se fija en lo que ocurre en nuestros días. Si entonces se negaba que aquello fuera malo, quizá lo que hoy no se admite como negativo, lo es. No tendríamos que esperar a que nos estudien los sociólogos del futuro, deberíamos tratar de verlo mientras sucede y, a lo mejor, incluso ponerle fin.

Voy a evitar centrarme en el tema de la extrema delgadez, pues está tan presente ahora mismo en todas las noticias, que no es muy necesario añadir nada. Pero no quiero obviar que el comer menos de lo que un cuerpo necesita lleva, como mínimo, a tener menos energía que alguien que esté bien alimentado. Eso sin contar los deterioros duraderos, o incluso permanentes, que puede sufrir el cuerpo.

Incluso sabiendo que la cuestión de la delgadez antinatural es mucho más grave y peligrosa, prefiero hablar de un tema que nadie tiene en cuenta como perjudicial: los zapatos de tacón excesivamente elevado y de poca superficie. Es decir, el tacón de aguja que en inglés llaman stilletto. Soy la primera que reconoce que un zapato de ese estilo resulta sexy y, además, hace que la pierna se vea más esbelta de lo que es, por lo tanto, favorece mucho. También sé que hay personas muy fetichistas con este tema. Pero mi queja va por el uso de este calzado no en momentos de seducción, sino en el día a día.

Un zapato de tacón muy alto, por mucho que quien lo lleve esté acostumbrada a utilizarlo, provoca cansancio en seguida. Debido a la altura del tacón, la postura del pie y de los músculos de la pierna es antinatural. Y debido a su fina base, el peso del cuerpo no se reparte de forma equilibrada, como está previsto que se reparta. Por lo tanto, llevar un rato estos zapatos puede suponer un poco de dolor, pero nada grave, sin embargo, ponérselos para trabajar implica calzarlos unas doce o trece horas y eso no puede dejar a nadie tal cual. Digo doce o trece horas mínimo porque, suponiendo que se respete la jornada de ocho horas, siempre habrá que sumar el tiempo que se tarda en ir y en volver al lugar de trabajo y la pausa para la comida.

Las consecuencias de llevar este calzado son las mismas, quizá en menor grado, pero no diferentes, que las del uso del corsé y de las enaguas. Es imposible que una mujer que lleva al trabajo estos zapatos rinda igual que alguien que va cómodamente calzado. Al igual que el cansancio llegará antes, las actividades que puede hacer una persona que va sobre tacones de aguja son mucho más limitadas que las de alguien que calce zapato plano. Apenas es posible correr o incluso caminar rápidamente, y no existirá la misma agilidad para muchos movimientos. Si se le suma el llevar minifalda, que suele formar parte del conjunto, los movimientos se limitan aún más. Y no me lo comparen con una corbata. Una cosa es llevar algo incómodo y otra algo que te deforme el cuerpo y te impida moverte de forma normal. La corbata sería comparable a una blusa con el cuello cerrado o a un tejido que provocase picor.

Aunque la lógica nos llevaría a pensar que con el paso de los años vamos mejorando en este tipo de cuestiones, lo cierto es que el zapato de tacón de aguja ha vuelto a ponerse de moda ahora, después de haber estado desaparecido un tiempo. Parece que es la sociedad la que lo impone, pero somos las propias mujeres las que lo aceptamos. ¿Por qué? No creo que haya que hacer este tipo de sacrificios en aras de la estética y del aspecto. Posiblemente, a quienes los usen, les estoy sonando exagerada. Dirán que no es para tanto y que una vez te acostumbras no cuesta… pero sólo el hecho de que te digan que tienes que acostumbrarte o que tienes que aprender a andar con ellos es suficiente indicativo de que cómodos no son y tampoco prácticos para llevarlos junto con el atuendo de trabajo.
(Si desea añadir un comentario, haga clic sobre la palabra ““comments”. Si desea recomendar el artículo a otra persona, haga clic en el icono del sobre).