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30 de enero de 2007

El mundo es tu manzana


Como veían que había tantos coches y los embotellamientos ocurrían a todas horas, eliminaron la posibilidad de cruzar las calles a pie para agilizar el tránsito de vehículos. Para llegar al otro lado había que arriesgar la vida atravesando vías en las que se circulaba a más de cien kilómetros a la hora. También se podía tomar el coche y dar una vuelta a la manzana. Pero esta última posibilidad revestía la dificultad de encontrar aparcamiento en una acera de ese lado.

Las personas comenzaron a acostumbrarse a no cruzar las calles. Cuando resultaba completamente necesario, se montaban en un coche para viajar hasta la manzana contigua a la suya. Este simple movimiento significaba una travesía, algo muy serio y trabajoso. Algunos tenían que tomar taxis, otros pedir el favor de ser transportados. Los autobuses públicos no te llevaban hasta la casa de enfrente. Así que, para lo más cotidiano, se prescindía de cruzar.

Quien tenía la suerte de encontrar una boca de metro en su propia manzana podía viajar a muchos puntos, siempre que el lugar al que se dirigiese también estuviese conectado con la salida del subterráneo. Incluso con estos pasos enterrados había quien podía cruzar la calle sin peligro. Pero estos pasos estaban en muy pocas calles.

Algunos colgaron cuerdas, iguales que las de tener, pero de una casa a otra. Así se podían realizar intercambios. Si en tu manzana estaba la panadería, podías cambiar fruta o carne con los que vivían del otro lado. Para compras más complicadas, como electrodomésticos o mobiliario, todo se encargaba por teléfono.
Debido a la instauración del trueque, los más listos crearon sus pequeños negocios. En seguida se comenzó a saber que en el 3º derecha del número 17 se podían encontrar productos congelados. El precio era alto, pero no había otra manera de adquirirlos. Y así, al cabo de pocas semanas, cada manzana de viviendas disponía de un establecimiento para abastecer de cada tipo de producto.

En cada cuadra, algún vecino se especializó en diferentes tipos de arreglos y servicios. Unos perfeccionaron lo poco que sabían de fontanería, otros se centraron en la informática. Así, cada vez que se necesitaba resolver un problema, alguien cercano podía acudir y, mal que bien, hacer un apaño. Siempre por un precio desorbitado.

Los precios tan exagerados duraron poco tiempo, pues en seguida surgió la competencia. Si la señora del 31 vendía patatas, ¿por qué no las voy a vender yo también? Dada la dificultad para desplazarse más allá de la esquina, las persona que habían organizado la venta de bienes, dejaron de acudir a sus trabajos anteriores. Ahora hacían más dinero y con menor esfuerzo. Muchos otros se las arreglaron para entregar todas sus labores por Internet. Las oficinas comenzaron a cerrar y las casas a convertirse en tiendas, en empresas. La vida parecía seguir adelante.

Todo comenzó a regularse como si las manzanas se tratasen de pequeñas ciudades. Los habitantes tuvieron que elegir personas que ejerciesen de jueces ante cualquier posible ofensa o atropello, tuvieron que elegir a quien les gobernase. Lo que más demostraba que cada cuadrado urbano equivalía a un diminuto país eran los tratos con los de enfrente. Las rivalidades, guerras, competiciones tardaron poco en surgir. Al comienzo de la ley, muchos tuvieron la idea de tender puentes, túneles, que uniesen una manzana con la de enfrente. Pero las rencillas fueron más rápidas y nunca se llegó a construir nada que hiciese más fácil la vida en armonía. Unos con otros sólo se relacionaban para el comercio y siempre con disputas sobre los precios y las condiciones.

La vida diaria parecía resuelta a un nivel básico. Pero existen otras necesidades más difíciles de cubrir. Una vez conocías a todos los que te rodeaban en tu edificio, en el de al lado y en el resto de los colindantes, era frecuente que echases de menos a alguien con quien tuvieses más en común o cuya compañía te agradase más. Entre enamorados anteriores a la ley anti pasos de peatones, que aún no vivían juntos, hubo varias muertes. No se supo si se trató de suicidios o de meros accidentes, pero todos fallecieron atropellados, intentando cruzar la calle para encontrarse con su persona amada.

Las citas arregladas a través de Internet se convertían en la única posibilidad. Cuando las dos personas se conocían lo suficiente, debían viajar en coche o en algún otro vehículo a un lugar neutral o a la manzana de uno de los dos, para verse por fin en persona, para escuchar su voz en vivo. Esto creó una manera diferente de relacionarse. Muchos decidieron quedarse en la etapa de la comunicación a través de la red mundial y la humanidad se hizo algo más retraída.

Los niños y niñas que nacían no conocían el mundo más allá de lo que podían ver en sus habituales vueltas a la manzana. Sus ideas se llenaron de prejuicios, mucho más de lo que habían estado llenas las ideas de sus padres. Su visión se redujo a unos cuantos metros de espacio urbano. Sólo en las manzanas donde habitaban maestros recibieron una enseñanza similar a la de antes. En el resto de los lugares, alguna persona se encargó de la educación. Y lo hizo a su manera. En las contadas ocasiones en las que viajaban y correteaban por el campo se sentían como en un sueño. Pero ya apenas había unas hectáreas verdes en todo el mundo y éstas estaban destinadas a desaparecer muy pronto con más edificaciones.

Cada manzana desarrolló sus propios dialectos, sus propias leyes y un odio exacerbado a la manzana de al lado. El mundo se convirtió en un espacio tan atomizado que ya no eran posibles los avances técnicos, científicos, ni siquiera artísticos. Los pocos genios que había dispersos, jamás lograban ser reconocidos como tal o, incluso, si alguien sabía ver su genialidad, nunca trascendía las fronteras del bloque de viviendas. La humanidad retrocedió unos cuantos siglos.

Hasta que un día alguien se asomó a la ventana y se dio cuenta de que todos los coches estaban aparcados. Nadie circulaba a toda velocidad por las calzadas. Ya no había a dónde ir. Fue una niña que había nacido después de la ley. Una niña que nunca había atravesado la calle para ir al otro lado. Sus padres no le habían enseñado a mirar a derecha y a izquierda antes de cruzar, pues cruzar era algo que ella no haría jamás. Sin embargo, el instinto hizo que la niña se asegurase de que no venía ninguna de esas máquinas feroces que se abalanzaban contra los despistados y los suicidas. Y cruzó la calle.

Cuando la madre de la niña supo que no estaba por ninguna parte de su manzana de casas se volvió loca. La buscó en cada una de las viviendas, en los locales, en los sótanos y palomares, pero no la halló. Al caer la noche, el llanto de la pequeña se pudo oír desde un lugar ignoto. La madre no podía localizar el origen del sonido, pero sabía que era su hija quien la llamaba suplicante. Por fin la vio en la acera de enfrente y volvió a sufrir una especie de síncope. ¿Cómo podía haber llegado hasta allí su hija? Armándose de valor, la madre decidió que cruzaría la calle para rescatar al fruto de su vientre. Con extrema precaución, se asomó a la calzada y comprobó que no venían coches. Caminó sobre el pavimento y llegó hasta donde se encontraba su hija.

Los demás vecinos, que la habían ayudado a localizar a la niña, miraban estupefactos cómo esta señora atravesaba el peligroso lugar destinado a un torrente de vehículos. Y se dieron cuenta de que no había nada que temer. Cruzaron la calle. Llamaron a las puertas de otras manzanas, de las casas de enfrente, de las personas que habían conocido en otro tiempo. Y les comunicaron que podían salir a la calle.
Toda la ciudad bajó de sus casas, en pijama o con un batín colocado encima de cualquier manera y se pasó la noche yendo de un lado a otro de las calles, bailando sobre el asfalto, moviéndose de una acera a la de enfrente. Hubo abrazos, hubo llantos, reencuentros que se habían pensado imposibles. Hubo todo un mundo nuevo de muestras de cariño. Se restableció la normalidad. Poco después, las personas volvían a acudir a sus oficinas para trabajar. Volvían a llevar a sus hijos al colegio y volvían a cruzar la calle para dirigirse al supermercado y abastecerse.

Poco después recobró sentido viajar en coche, pues ya había lugares a los que dirigirse. Y el tránsito aumentó. Los embotellamientos comenzaron a sucederse a cualquier hora del día. El tiempo permitido en los semáforos para el cruce de peatones comenzó a hacerse más y más breve con la intención de agilizar el desplazamiento de los vehículos.