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10 de agosto de 2007

Viaje por el sudoeste de Francia

Aquí podéis ver el recorrido que hicimos. Salimos en coche desde Madrid y llegamos a la hora de comer a Bayona… bueno, a la hora de comer española. Allí no nos dieron más que unos bocadillos secos a los que ellos llaman sandwiches ("nuestro" sandwich se llama croque).


Cada vez que llegábamos a una ciudad estaban en ferias. En Bayona era imposible aparcar, así que seguimos el refrán de “Allá donde fueres, haz lo que vieres” y lo dejamos en un lugar prohibido, pero en el que había muchos otros turismos. Y eso no pusimos a hacer. De forma bastante desganada, es decir, que podríamos perfectamente haber decidido seguir por la ciudad, pensamos que era mejor recoger el coche e ir al hotel, que estaba en las afueras. Tuvimos una suerte inmensa porque justo en ese momento estaba ahí un policía que decía que había llamado a una grúa. Los demás coches ya se habían ido y estaban descargando atracciones de feria. El hombre fue muy amable y anuló la grúa. Pero imaginaos lo que habría sido que se nos llevasen el coche con toda la ropa y otros utensilios dentro. Ni sabríamos lo que ha pasado en un principio e incluso aunque acabásemos cayendo en que había sido una grúa. ¿Cómo saber a dónde llamar? Tendríamos que tomar un taxi hasta el depósito… pagar un multón. Creo que habría sido suficiente para estropearnos las vacaciones del todo.

Yo ya había estado en Bayona, pero mi memoria me traicionaba y recordaba cosas que no estaban allí. Creo que las confundí con otra ciudad. Quizá Amiens. El caso es que es muy bonita, especialmente las riveras de sus dos brazos de río, uno más ancho y otro del tamaño de un canal.

Al día siguiente llegamos a Burdeos. Por cierto, qué malas son las carreteras francesas. Aquello era teóricamente una autopista, pues era de pago, pero sólo tenía dos carriles en cada sentido y había más camiones de los que había visto en mi vida… camiones que se adelantaban unos a otros haciendo que sólo pudieses ir a 100 como muy rápido. Infernal. Y eso que nos tocó el lado bueno, pues veíamos que de vuelta había un atasco infinito con coches y camiones detenidos durante muchos minutos.


Burdeos es una ciudad muy señorial y todos los edificios que posee son grandes y palaciegos. Durante una época estuvo bajo régimen inglés, de lo que tuvo mucho que ver Leonor de Aquitania. Pero esa misma tarde, en lugar de quedarnos en Burdeos, fuimos a la duna de Pyla, la duna más alta de Europa, comiéndonos otro buen atasco, esta vez en el lado en el que estábamos, tanto a la ida como a la vuelta.

La duna era impresionante. Nunca había visto un accidente geográfico tan extraño, pues a un lado tenía un gigantesco bosque y al otro el mar. Subimos por un lado que tiene una escalera, por lo que puede cansar, pero no cuesta mucho. Luego no pudimos evitar la tentación de bajar corriendo hasta el agua. Y lo peor es que tras eso, nos tocó subir sin escalera. Y era casi imposible. Para evitar más escalada, dimos un rodeo por una zona de pendiente casi vertical.



La siguiente visita fue Angoulême, la capital de los tebeos, o de la bd (bande desinnée), como dicen allí (¿Por qué llamar cómics a tebeos franceses, italianos, españoles…?). Está a 120 km, pero fuimos y volvimos en el día, sin hacer noche. Además de los frescos de famosos autores de cómic, la cuidad está llena de encantos de todo tipo. Lo que más me llamó la atención fue su Hôtel de Ville, que no es un hotel, sino el ayuntamiento.

El día 3 de agosto lo pasamos en Burdeos, porque también merecía una visita y porque venía bien descansar un poco del coche, ya que yo era la única que conducía. En un bulevar ponían chorros de agua saliendo del suelo que creaban una niebla muy curiosa. Por la tarde vimos Persépolis, de Marjane Satrapi, en un cine que habían construido en una antigua iglesia, un lugar precioso.

Dejamos el hotel de Burdeos y salimos en dirección a Sarlat, pueblín precioso del Perigord, que estaba a bastantes kilómetros en eso que ellos llaman autopista y a otros tantos en carreteruchas. De camino, después de comer, paramos a visitar una réplica de las cuevas de Lascaux donde me quedé sorprendida del grado de realismo de las pinturas rupestres.

Sarlat es un lugar precioso, con callecitas medievales y una iglesia que tiene la puerta más alta que he visto en mi vida. Ese día fue muy completo, pues seguimos visitando pueblecitos muy bellos, como La Roque Gageac, que está en la ladera de una montaña. Hacía tanto calor y el lugar era tan hermoso que no pudimos resistir la tentación de darnos un baño en el río Dordoña, que estaba muy limpio y fresquito. Seguimos hasta Monpazier, donde nos hechizó su tranquilidad, pues ya no había casi turistas, debido a la hora y a que está mucho más apartado. Un poco más allá, hicimos noche en Bergerac, pero llegamos tan de noche que no nos dio tiempo a ver la ciudad.

Cyrano no era de Bergerac, sino que se inventó su procedencia Edmond Rostand, pero allí tienen estatuas de él. Seguimos camino hacia Pau, que también iba a ser largo, ya que no tenía otro modo de llegar que por carreteras secundarias. Y la acogida en esta ciudad del sur no pudo ser más desapacible, pues el bochorno era insoportable y se aliaron el domingo con el verano para presentarnos un ferragosto total. No encontrábamos dónde comer hasta que nos indicó la del hotel un Quick, único sitio donde te sirven pasada cierta hora. Echamos la siesta y, cuando empezó a refrescar, la ciudad ya nos pareció otra cosa. Encontramos incluso dos callecitas donde había gente y ambientillo para cenar. Hasta entonces creíamos que estaba desierta.

A la mañana siguiente, amaneció lluvioso. Era el primer día que nos hacía malo en todo el viaje. Fuimos a Oloron, pueblito también encantador del cual podéis ver una foto sobre este párrafo. Comimos en Monleon y seguimos viaje hasta St. Jean Pied de Port, pasando por un puerto muy bonito llamado Col D’Osquich. En el pueblo ya mencionado, nos encontramos otro de los atascos épicos. La carretera para ir a España y a muchos otros lugares importantes se embotellaba en una localidad en la que se celebraban las “célebres vachettes”, es decir, vaquillas y aquello estaba que no cabía un alfiler. Después de un largo tiempo esperando en el coche, por fin pudimos dejarlo y visitar el lugar, muy bonito, eso sí. Pero nos daba pánico volver a montar en el vehículo. Ya estábamos pensando incluso volver y tomar una ruta terciaria, cuando vimos en un mapa algo que no sabíamos si funcionaría: nos metimos por dos calles del pueblo y ¡funcionó!, salimos mucho más adelante, dejando atrás media hora de atasco garantizada.

Llegamos por fin a Bayona, donde pasaríamos una última noche antes de volver a Madrid. Pasamos por Biarritz, por aquello de que estaba tan cerca que era absurdo no verla. La playa es preciosa y muy grande, pero el lugar es tan pijo y hortera al mismo tiempo que no apetecía quedarse ni a cenar.