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3 de septiembre de 2007

¿Por qué los profesores suspendemos a los alumnos?

Ahora que llegan los exámenes de septiembre y me toca evaluar a un par de rezagados, es bueno momento para hacer una pregunta que me surgió cuando comencé a dar clases.

La cuestión en cuestión está en el título de la entrada.

En realidad, suspender a alguien lo único que nos reporta a los profesores es más trabajo. Habrá que corregir una nueva prueba de ese alumno o esa alumna, incluso es posible que haya que darle explicaciones o revisar su ejercicio. Y, aún así, lo hacemos. Unos más que otros, claro. Precisamente a aquellos que suspenden a la inmensa mayoría de su alumnado es a quienes les dirigiría este interrogante.

Se me ocurren únicamente dos opciones. Y ninguna de las dos debería tener, en teoría, fuerza suficiente, pero aún así funcionan.

1ª Por el sentido de la responsabilidad.

Como bajo la influencia de una especie de Juramento de Hipócrates, parece que nos resultase inconcebible dejar escapar a alguien que no tiene conocimientos suficientes. Esto tiene que estar unido, obligatoriamente, a un sentir de que la asignatura que impartimos es fundamental para la vida y para el futuro de esta persona. Comprendo que el evaluador de los cirujanos, lo pilotos de aviones, quienes se encargan de conceder los carnés de conducir, o incluso los que corrigen la Selectividad, no repartan aprobados sin ton ni son. Pero alguien que enseña una asignatura poco relacionada con la carrera si hablamos del nivel universitario, o las denominadas “marías” en enseñanzas anteriores, ¿qué peligro encuentra en que sus alumnos salgan de rositas sin haber aprendido lo suficiente? La responsabilidad nos puede, supongo, y nuestra asignatura, ya que es la nuestra, se convierte en lo más esencial del mundo.

Si se trata de esta responsabilidad incluso sin tener una conciencia exagerada de la importancia de nuestra materia, ¿quién nos la ha inculcado? ¿De dónde sale? Al referirme a Hipócrates he puesto un ejemplo de un sentido de la responsabilidad casi impuesto sobre un colectivo. Pero el de los tutores, sin haber pasado por la obligación de jurar, también siente este compromiso. Y es tan fuerte que se sitúa por delante de la tendencia general del ser humano que nos lleva a la vagancia. En muchas otras profesiones se puede observar una desidia tremendamente mayor que en este gremio.

2ª Por mala leche.

Todos conocemos las manías. Todos podemos tenérselas a alguien o sufrirlas de alguien. De los alumnos que he tenido, algunos me caían muchísimo mejor que otros, con enormes diferencias. Pero de ahí a tratar de vengarme y plantarles suspensos revanchistas hay un gran abismo. Sobre todo porque para mí esa gente no lo es todo y, una vez salgo del aula, me olvido y no albergo un odio tan fuerte como para querer hacerles sufrir.

Si no se trata de manías personales, estaríamos ante profesores y profesoras hueso que consideran que sólo pueden dejar pasar a la gente con mucho más de la mitad del examen correcto. En este caso, de no ser la responsabilidad de la que hablaba antes, estamos hablando de un desprecio tan grande hacia el conjunto genérico de la humanidad que se desea el sufrimiento a diestro y siniestro.

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No voy a entrar en eso que me pueden contestar algunos de que los alumnos suspenden ellos mismos porque no estudian o no atienden en clase o son negados. Por supuesto que esto es así, pero yo quiero decir que, incluso a estos que suspenden solitos y que tienen exámenes que no merecen más de un tres, ¿por qué no les ponemos un cinquillo para quitárnoslos de encima?

Podría alguien aducir las ganas de hacer justicia con los que sí han estudiado. Me parece lo más lícito. Aunque sospecho que no suele ser el motivo.

Cuando hablamos de exámenes trimestrales o parciales con la frecuencia que sea, también está la idea de que, si eres muy benévolo o benévola en la primera evaluación, ya no prestarán atención en clase en las siguientes. No estoy del todo de acuerdo con esta forma de pensar.

Entonces, ¿cuál es el motivo?

Que no se me entienda mal y se suponga que estoy animando a los profesores a aprobar a quienes no se lo merecen. Me parece perfecto que se obre como se obra, especialmente si estamos alentados por la primera de las motivaciones —aunque muchas veces la que la acompaña: el creernos que nuestra asignatura es vital, ya no me resulta tan encomiable— . No, no es eso lo que quiero decir. Lo que hago es simple y llanamente una pregunta. Porque, sinceramente, si todos aplicásemos la ley del mínimo esfuerzo, aprobaríamos a la totalidad del alumnado y nos iríamos tan campantes de vacaciones hasta primeros de octubre.