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15 de octubre de 2007

La dureza del despido perjudica a los no despedidos

Pues ahora vuelvo a ponerme seria.

Antes de nada aviso de que esta entrada puede sonar capitalista si se lee por encima, pero que tiene la intención exactamente contraria. Me va a costar que se comprenda así, pero voy a intentarlo. Todo va por partes, así que os ruego paciencia y que no comentéis antes de llegar al final (además pido perdón por las marcas de agua de Corbis, no es mi intención hacerles publicidad).

Recientemente, el gobierno ha tomado una medida por la cual expulsar a los inquilinos morosos de un piso llevará menos tiempo de trámites. Esto está hecho, además de con la intención de ayudar a los dueños de viviendas en alquiler, con la de fomentar esta práctica y, de esa forma, hacer que la oferta aumente y los precios bajen, cosa absolutamente imprescindible en estos momentos. Si de verdad son capaces de agilizar estos procesos, nos beneficiaremos todos… menos esos morosos, claro. Es una medida más lógica y que puede tener efectos más duraderos que las ayudas a menores de 30 años.

Lo mismo se tendría que hacer con los despidos. No estoy hablando de permitir el despido impune o libre. Ni mucho menos los despidos masivos y no justificados. Por supuesto que no, pero lo que sí creo que es debería haber un tope en las indemnizaciones que se tienen que pagar. O, si no es así, facilitar la demostración de que esa persona no está cumpliendo con el trabajo por el que cobra, sin necesidad de hacer testificar a sus compañeros, cosa que me parecería raro que se lograse.

Por muy a favor que estemos de los trabajadores y en contra de las empresas, nadie puede estar a favor de un/a empleado/a que no cumple con lo que tiene que hacer, aunque sólo sea porque a quien perjudica es a los que están por debajo que, cobrando menos, tienen que hacer lo que él o ella no hace. Las personas a las que hay que darles 20 ó 30 millones de pesetas para echarlas no son curritos mileuristas, sino que son esos ejecutivos que llevan toda su vida en una empresa, que han ascendido todo lo que el principio de Peter permite y que no dan un palo al agua, llegan a la oficina a las once de la mañana y se van a las cinco, después de tomarse sus buenas horas para comer.

A esas personas no se las despide por culpa de la desmesurada cantidad que la empresa debe desembolsar como indemnización. Sale más barato continuar pagándoles el suelo hasta que se jubilen. De nuevo pongo otra salvedad para que nadie se enfade: no digo que cualquier persona que haya ascendido mucho y que lleve años en una empresa y que tenga carácter de ejecutivo o socio sea inútil. Parto para escribir el artículo de que hablamos de despedir a personas que no trabajan. Los que sí hacen bien su trabajo simplemente no tendrían que ser despedidos y punto, igual que los inquilinos que paguen no tienen por qué ser desahuciados. Pero es que despedir a los que no lo hacen es más difícil que expulsar a los okupas de una casa.

Pues continúo, estos empleados a los que no se despide porque la indemnización sería un gasto más repentino y, por ende, más difícil de afrontar que el mantenerlo/a en plantilla, de todas formas, salen muy caros a la empresa porque sus sueldos son altos, ya que llevan ahí años y es obligatorio hacer subidas periódicas. Además, los empleados que no hacen nada, crean más perjuicios, pues pueden llegar a entorpecer el buen desempeño de las actividades de la empresa. De la misma forma en la que su estatus ha subido, aumentan los gastos no fijos que supone esa persona: gastará más en comidas, taxis, etc… que alguien que no esté tan autorizado a esos derroches.

El que la empresa tenga que mantener a esa especie de parásito en la cumbre, perjudica a los trabajadores que entran nuevos. Si tienen estos gastos tan fuertes, ya sea para pagar esos sueldos exagerados o esos despidos desorbitados, ocurrirán tres cosas que perjudiquen a los recién llegados o a los que busquen infructuosamente un empleo: se dará oportunidad a que entren menos personas y el trabajo que hay se lo tendrán que repartir entre menos gente; los contratos nuevos que se hagan comenzarán con sueldos muy bajos, y tercero quizá más grave: las empresas serán completamente reacias a firmar contratos indefinidos con los trabajadores, por miedo a la indemnización que tengan que soltar dentro de unos años.

Resumo las consecuencias de todo esto: menos contratos, o sea, más paro. Contratos siempre precarios y provisionales. Sueldos más bajos.

Normalmente tenemos la imagen de una empresa como una entidad gigantesca con cientos de empleados y billones en beneficios. Claro que existen lugares así y probablemente en estos casos, el que tengan que pagar despidos de esos calibres no influye en la contratación de gente nueva. Pero es que tenemos que tener en cuenta que también hay empresas medianas y pequeñas a las que les cuesta dar unos pocos beneficios cada año. Y que si vigilan todos estos gastos de los que he estado hablando de forma tan cercana no es por racanería ni por ganas de explotar, sino porque no tienen más remedio. Directamente, es que no se pueden gastar más. Es que a lo mejor con uno de esos despidos tendrían que cerrar.

Por lo tanto, que estas empresas pequeñas contraten menos, paguen peor y hagan menos indefinidos no es cuestión de egoísmo, es quizá la única forma en la que pueden funcionar, si no tienen opción de expulsar el lastre. O incluso aunque sí lo hagan por ahorrar, también hay que tener esto en cuenta a la hora de elaborar las leyes. No se puede legislar para un mundo utópico en el que todo el mundo son buenos samaritanos, hay que darse cuenta de cómo es la realidad. Porque, claro, en ese mundo utópico, todos los empleados cumplirían con el trabajo que se les asigna.

Así que vuelvo al principio. No estoy hablando de que el despido sea completamente libre, pero la suma de días trabajados por años que se hace para calcular la indemnización debería tener un tope. Vamos a ver, no un tope de 6.000 €, un tope, por ejemplo, de 60.000 € que, aunque parezca mucho dinero, es bastante menos de lo que hay que pagar por deshacerse de esos trabajadores que están perjudicando a la empresa. Si no se pone un tope, deberían facilitarse los procesos judiciales, como se está tratando de hacer con los pisos, por los que se pueda demostrar que el despido es justificado. Pues hasta ahora es prácticamente imposible demostrarlo.

También esto tendría que tener límites por el otro lado, como por ejemplo que la empresa pueda despedir a un porcentaje de trabajadores por año. Porque es lógico que, digamos, cada cinco años, una empresa de 20 empleados necesite deshacerse de uno de ellos. Lo que no es lógico que encuentre que 10 personas por año se comportan de forma ineficaz.

Coincidiendo con mi reflexión, que ya tenía barruntada desde hace mucho tiempo, aparece en la revista de Información Comercial Española (ICE) del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, el estudio 'La protección al empleo en España: evolución y consecuencias'. En él se añaden factores que van en consonancia con lo que yo estaba señalando: se evitaría que las empresas “despidan a los trabajadores teniendo en cuenta a qué miembros de la plantilla es más barato despedir en lugar de atender a criterios de productividad y eficiencia.”

Repito por si acaso no ha quedado todo lo claro que yo pretendía: todo lo dicho aquí está pensado con el objetivo de que las empresas estén más dispuestas a contratar a más gente nueva, a hacer contratos indefinidos y a pagar sueldos más altos. Y no de beneficiar a esas empresas y hacer que se ahorren un dinero. Considero que ese dinero se vería reinvertido en mano de obra más fresca y eficaz y esto nos beneficiaría a todos.

Para acabar de forma un poco más poética, permitidme citar un verso de Bob Dylan, aunque probablemente no lo escribió con esta intención: “Please get out of the new oneIf you can't lend your hand”