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8 de noviembre de 2007

¿Tiene sentido darle un título diferente a la adaptación que a la novela?

Cada vez es más habitual que el cine se nutra de material literario, especialmente en el género fantástico después del éxito de El señor de los anillos. En aquellas películas tuvieron la tremenda habilidad de mantener para el doblaje y los subtítulos castellanos unas traducciones que pueden considerarse arcaicas y hasta ridículas — Bolsón para Baggins por ejemplo— y que, de haber sido realizadas hoy en día tendrían otras opciones, pero ante una obra con tanto seguidor y especialmente con un tipo de seguidor tan entregado, están tan asentadas que modificarlas habría sido igual a un atentado terrorista.

Con adaptaciones que se están haciendo hoy en día, no se guarda el mismo respeto. Me parece muy buen ejemplo La brújula dorada, ya que, además de lo que estoy tratando, contiene otros elementos que se pueden debatir, como el “compass”, que en un principio la distribuidora estuvo llamando “compás” y finalmente se dieron cuenta de que era algo más parecido a una “brújula”, aunque no llega a ser exactamente ni lo uno ni lo otro, sino un “aletiometro”.

El caso de esta novela y de su conversión en película es muy particular, ya que se trata de una obra británica que cambió de título ya en su forma de libro cuando se editó en EE. UU. El original se titula Northern Lights y el americano The Golden Compass. Al ser la adaptación estadounidense, la película en v. o. lleva el título que el ibro tuvo en América, lo cual me parece comprensible, pues allí no verán ningún cambio entre la obra literaria y su traslación al cine.

Lo que ya no veo tan lógico ni práctico es que aquí en España el título de la película sea diferente al del libro publicado en este país. Cuando editó aquí, como es de recibo, llevaba la traducción del título original: Luces del norte. Y, sin embargo, la película se va a titular La brújula dorada, o sea, la traducción del título del film y no de la novela. Es decir, ha habido dos traducciones paralelas, en lugar de utilizar una de ellas para apoyar y reforzar la segunda.

Con Luces del norte, los distribuidores ya tendrían recorrida una buena parte del camino de sus ventas, pues los lectores —que al parecer son muchos— de las obras de Philip Pullman que se engloban bajo el título La materia oscura (His Dark Materials) la identificarían antes si viesen el título que tienen en su casa o que sacaron de la biblioteca y sostuvieron entre sus manos durante muchas horas.

También se podría tomar en consideración el título del regreso de Paul Thomas Anderson. En inglés, la película se llama There Will Be Blood, aunque la novela de la que parte lleva al conciso título de Oil! Aquí no se ha hecho una traducción directa del nombre de la película, sino que se ha buscado algo demasiado explícito: Pozos de ambición. Opino que, ya que existe algo en lo que basarse y ya que el título nuevo de la película, “habrá sangre”, no se va a respetar, se podría volver hacia atrás en el tiempo y rescatar ese ¡Petróleo! de la obra de Upton Sinclair.

Los ejemplos son muy numerosos y no llego a ninguna conclusión citándolos, así que procedo ya a plantear la cuestión, pues ni yo misma sabría cuál es la respuesta correcta: si ya se ha editado en el país de destino una obra literaria con un título, ¿es preferible mantenerlo en la traducción de la adaptación? Cierto es que, si quienes lo adaptaron cambiaron de título, sería por algo y en esos casos una traducción fiel y directa de su nuevo título sería lo ideal, pero si, de todas maneras, su nueva forma de llamarla no se va a respetar en la traducción, quizá es mejor irse a lo que todos conocemos.