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26 de diciembre de 2007

El infierno son los otros

No sé vosotros, pero yo nunca he tenido un trabajo que fuese, por sí mismo, desagradable o aburrido, ni siquiera monótono.

Sin embargo, he sufrido en varios de los trabajos que he desempeñado. Y siempre por los otros: jefes o compañeros. O por las condiciones.

En cuanto a las condiciones, está clarísimo: tarifas bajísimas o más bien ridículas en relación al trabajo entregado, retrasos de más de un año en los pagos, una tremenda inestabilidad… Sé que algunas de estas condiciones se deben al sector en el que laboro: audiovisual, pero creo que incluso dentro de él he encontrado —y sigo encontrando— tratos especialmente desfavorables.

Pero eso ya se sabe. Lo que quizá no nos planteamos tan abiertamente es cómo un mal ambiente de trabajo te puede estropear la más agradable de las ocupaciones. Puede ocurrir lo contrario, claro, aunque es menos habitual y, quien lo haya encontrado, que sepa que es afortunado/a.

Me consta que muchos de los lectores sois profesores y que os sorprenderá leer que los alumnos que tengo este año y los que tuve el curso pasado son algunas de las personas con las que mejor trato he tenido en mis trabajos y con las que más a gusto me he sentido. Sí, esa gente que no te escucha, que habla mientras tú explicas, que te interrumpe a cada momento, que te falta el respeto… Comparados con algunos individuos con los que he tenido que lidiar, son angelitos.

Admito que no he tenido especial suerte, sobre todo si recuerdo el episodio más oscuro del tema, en el que mi jefe era un señor de dudoso equilibrio mental (los que me conocen ya saben a quién me refiero). Llegué a pasar miedo… pánico diría yo. E incluso si no temía por mi integridad física o mental, el compartir despacho con alguien así fue una de las pruebas más difíciles por las que he pasado. En otro de los trabajos se mezclaban problemas familiares que no vienen a cuento, pero que resultaron dolorosos.

Dejando aparte casos tan particulares, siempre hay una persona que… digamos… te toca las narices. No sólo jefes o compañeros, pues la gente dueña de sus propias empresas también tiene que enfrentarse a clientes y empleados que pueden resultar igual de incómodos o más. La molestia no se da necesariamente en el ámbito físico de una oficina: incluso en un trabajo desempeñado a distancia, la persona destinataria o las que tienen que intervenir en alguna decisión se pueden entrometer y provocar que no lo disfrutes.

Por otro lado, no es sólo el tener que aguantar a alguien muchas horas al día. Puede ocurrir que, intencionada o no intencionadamente, boicoteen tu labor y te impidan efectuar tu oficio de forma satisfactoria. Esto, además de restarte tus posibilidades de éxito, trastoca uno de los mayores regalos que se pueden obtener tras esforzarse: la satisfacción por el trabajo bien hecho. Así que lo menos importante será que nos caiga bien o mal alguien a quien vemos todos los días, sino la influencia que puede tener en lo que hacemos.

Por ello se puede concluir que no existe realmente esa cosa llamada empleo ideal. Hasta el oficio con el que siempre hemos soñado se puede truncar por quienes nos rodean.

Esto nos lleva a absurdos como aficionarnos a hobbies que en realidad son un trabajo. La única diferencia es que no los desempeñamos para nadie ni con nadie. Porque lo que realmente es agradable de ello no es el hacer esa cosa en sí, sino el hacerla a nuestra manera sin que nadie nos trastoque nuestro desempeño.

Y ahora llegaría la pregunta, como muchas veces en mis posts: ¿preferiríamos un trabajo monótono y feo de desempeñar, pero en un ambiente favorable en todos los sentidos (incluidas las condiciones de contrato y el sueldo) o un empleo que nos guste en sí, llevado a cabo en una atmósfera hostil y poco agradecida? Supongo que, como en la vida real hay muy poco donde elegir en este sentido, lo mejor sería pensar que cualquiera de las dos está bien, pues ambas tienen sus ventajas y lo normal es no tener ni las ventajas de una ni las de la otra. Y así veremos siempre el vaso medio lleno.