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25 de febrero de 2008

¿Por qué la solución no es dejar el título sin traducir?

Comprendo que, debido a los títulos tan cutres y similares entre sí que suelen dar a las películas cuando se opta por algo que no es una traducción del nombre original, exista la tendencia entre el público de reivindicar que se dejen sin traducir. Y hasta en algunos casos yo he llegado a decir que lo habría preferido a lo que se hizo.

Pero no es una buena solución por algo de lo que probablemente no nos damos cuenta. La traducción ideal es la que logra que el espectador del país de destino tenga exactamente la misma experiencia al percibir ese título o frase que el del país de origen. Y dejar el nombre tal cual, aunque pueda parecer que sí, no crea esa experiencia.

Admitámoslo, no sabemos idiomas. Incluso si tratásemos sólo de títulos en inglés (que es sobre los que se suele quejar la gente), en España no se sabe demasiado inglés. Y mucho menos aún se sabe –esto me parece normal— tanto como en los países de habla inglesa. Es decir que, incluso las personas que más inglés sepan de aquí no van a percibir el título sin traducir de la misma manera que lo percibiría una persona del país de origen de la película.
Esto incluso podría ocurrir entre los distintos lugares de habla inglesa. A lo mejor un americano no percibe igual el título de una película británica que un inglés y de hecho, muchísimos films tienen nombres distintos a un lado y al otro del Atlántico. Así que, si ni siquiera en otro país donde se hable ese idioma se dominan los modismos lo suficiente como para obtener todo el sentido de un título, imaginémonos en uno donde se habla otra cosa.

El dejar el título sin traducir puede hacer que lo percibamos como una cosa que nos suena bien, nos suena chula, pero vacía de significado, algo así como una marca. Y eso es lo que se defiende cuando se defiende no traducir. Que no me digan que lo entienden de sobra porque no es así (reto a cualquiera a que me traduzca el título del primer cartel sin diccionario).

Por lo tanto, se defiende que en el país de destino se tenga una experiencia absolutamente diferente a la del país de origen. Allí, esos títulos que a nosotros nos suenan a marca de ropa a ellos no les suenan así, carentes de significado, como palabrejas chulas y vacías. A ellos le suenan a lo que esas palabras significan. Es decir, esas mismas palabras, bien traducidas, que podrían sonarnos ridículas (de hecho, a veces las traducciones muy exactas se critican por eso), son las únicas que pueden provocar la percepción equivalente a la que tendrá una persona del lugar de donde es la película. Y de lo que no se da cuenta la gente que reivindica la no traducción: que en el país de origen se percibe un significado, no un sonido.

Habrá casos, como los títulos de canciones, nombres de lugares, de barrios, de personas, etc… en los que sí debería sonarnos igual que allí, salvo quizá por divergencias culturales, no idiomáticas. Pero en general, la experiencia será tan diferente que no se puede considerar la mejor solución nunca, como mucho, el menor de los males.