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15 de septiembre de 2008

Barroco, de Tomaz Pandur


Blanca Portillo y Asier Etxeandia, acompañados por Chema León, son los intérpretes de Barroco, una obra escrita por Darko Lukic y Tomaz Pandur y dirigida por este último que, durante limitadas sesiones, se representa en el teatro Fernán Gómez de Madrid después de recorrer otras localidades.

Nos encontramos ante una obra plásticamente maravillosa, con enorme poderío visual y apasionantes interpretaciones llenas de sensualidad. La escenografía y el vestuario, de Numen y Angelina Atlagic, respectivamente son de una enorme belleza, como se puede comprobar en las fotografías. Esos dos bloques de paredes que se mueven creando espacios de diferente forma cada vez -muchas de ellas agobiantes- y que desprenden un polvo como el que utilizan los gimnastas para asirse a los aparatos, esas estrellas descritas con los pedazos de una sandía arrojada contra el suelo o con las flores de un ramo malogrado son sublimes. Todo esto no sería igual sin la magistral iluminación Juan Gómez Cornejo.

La coreografía, que ha sido arreglada por Nacho Duato, logra que por momentos pensemos que la obra que estamos viendo tendría más valor como ballet que como pieza teatral y eso que apenas bailan. Pero la manera de moverse, de colocarse por el escenario, de relacionarse un actor con el otro nos hacen llegar a los momentos físicamente más admirables de la representación. La música original, compuesta por Boris Benko, Silence, es sin duda el mejor aspecto formal de la obra. Su partitura es vital y emocionante, original y apasionada.

El director esloveno es capaz de crear con todos estos aspectos momentos de una intensidad inigualable. Gracias a la música y las interpretaciones, sostiene pasajes de tremenda emotividad y de pasión desmedida. Y todo ello partiendo únicamente de los elementos formales, pues en ningún momento la historia narrada es la que conmueve. Por un lado, se demuestra con ello la enorme capacidad para construir momentos poderosos que tienen Pandur y Benko. Pero por otro lado se lamenta que esos instantes no se pongan al servicio de algo más profundo, sino que sean situaciones vacías de contenido, estéticas puramente.

El libreto de Barroco toma Las amistades peligrosas como base y añade consideraciones sobre la Revolución Francesa. Asier Etxeandía representa al conde de Valmont. En un doble papel, Portillo presta su figura a Madame de Tourvel y a la marquesa de Meurteil.

Los actores lo dan todo, se dejan la piel y los fluidos en cada representación. Blanca Portillo ya había demostrado que es una excelente actriz. En esta ocasión, además, da muestras de una energía y una variedad de registros muy grandes. Asier Etxeandia, sin ser igual de bueno, es más que correcto como actor y esto lo complementa con la capacidad de moverse y trabajar con el cuerpo que hace que la obra en ocasiones tenga la plasticidad de un baile. No canta bien, pero sus canciones quedan sentidas y encajan en la obra sin histrionismo. Mucho más bello que John Malkovich, consigue que el enganche que las mujeres protagonistas sufren con él se pueda creer mejor que en la película de Stephen Frears.

El texto, sin embargo, está demasiado intelectualizado. Pero no quiero decir que se haya dotado de un contenido más sesudo de esos que invitan a la reflexión o que sea más inteligente. Hablo de intelectualizar en el sentido de eliminar toda emoción, de convertir en frío, de vaciar. Tanto es así que la obra podría tener como base la novela de Pierre Choderlos de Laclos como podría tener cualquier otra, pues nada de lo que nos eriza el vello se refiere en absoluto a lo representado. Las frases seleccionadas son aquellas con las que se puede conseguir una sensación de "lapidariedad" (perdón por el invento de palabra), de importancia, no las que nos llevan a sentir o a pensar. Comprendería la decisión de los autores de desensibilizar la obra si no fuese porque luego las emociones existen, pero se crean, como decía más arriba, a través de lo meramente externo.

A las líneas de diálogo repartidas entre los dos actores principales se añaden las sentencias de un narrador a quien incorpora Chema León. Esta voz ajena a la historia sirve para explicar determinados detalles así como para apostillar y apuntillar algunas escenas. Estas frases agregadas en ocasiones pecan de obvias, en otras de absurdas, en otras de poco relacionadas con el tema central y casi siempre de pretenciosas. No sólo su lenguaje es pedante, también su contenido trata de alcanzar cotas filosofales y aleccionadoras que agiten al espectador, pero que no están acertando en sus intentos. León no es tan bueno como sus dos compañeros, con lo que la artificialidad de estos añadidos se termina de completar.

En resumen, Barroco es una obra en la que todos los elementos formales alcanzan una calidad sublime, pero en la que el texto se queda vacío.