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1 de septiembre de 2008

Estancia estival en un apartamento de París

Habíamos alquilado un apartamento que pensábamos que tendría únicamente uso para arrendatarios, pero resultó ser la vivienda de una pareja. Después de pasarlo mal pensando que nadie nos abriría la puerta porque la dueña no respondía a nuestros mensajes, nos abrió su prometido o, según la madre de ella, su marido.

Tras instalarnos, nos sentíamos extraños porque parecía que estábamos usurpando las vidas parisinas de aquellas dos personas. Y sobre todo nos sentíamos inferiores por el alto nivel cultural que tenían los libros y películas de las estanterías. Claro que, una tarde, cotilleando entre las pertenencias encontré, muy bien escondidos, un ejemplar de El diablo viste de Prada y otro de El código Da Vinci. Así que grite emocionada:

--¡Ellos también son humanos!

El 95% de la música que tenían era negra, así que nos dedicamos a escuchar los cinco CDs de músicos blancos que había en el apartamento (cuatro si no contamos a Michael Jackson) y los de Bob Marley. Pensábamos que sería él quien coleccionaba estos álbumes que se correspondían con su origen y con la recomendación que nos hizo a nuestra llegada de acudir a un concierto gratuito de Afro Beat –recomendación que estuvo bien para saber que esa tarde no teníamos que pasar por aquel parque—, pero luego he descubierto por Internet que era ella la que leía literatura africana en la facultad y quien lo aficionó a él. La sugerencia que hizo un amigo de que a ella en realidad no le gustaban esos cuentos tribales, sino que presumía de que sí para ligar, como dicen en inglés, "fuera de su liga" se confirma en que su atractivo dejaba mucho que desear al lado del de él… por no decir su higiene personal.

Ella tenía el mismo apellido que un señor que aparecía en las portadas de una serie de CD de relajación que había en el apartamento, todos con su plástico. Sospechamos que se trate de su padre, lo que se confirma cuando vemos la pinta de hippy de la arrendadora. Relajada estaba, os lo aseguro, sobre todo mientras nosotros nos poníamos histéricos por no saber si tendríamos que pasar la noche bajo un puente y ella no se molestaba en contestar a nuestras llamadas.

Para sentirse parisino del todo es necesario habitar en un apartamento que perfectamente podría costar un millón de lerus, pero en el que todo son incomodidades y estrecheces. Así que hicimos una elección perfecta. El lugar era muy grande, pero todo se correspondía a un salón con dos alturas. En la cocina tenía que salirse uno antes de entrar el otro y en el cuarto de baño era difícil girarse con una toalla liada a la cabeza. Las peleas matrimoniales no tardaron en sucederse por la escasez de espacio útil, pero eso se compensó con la posibilidad de tomarse unos quesos gabachos y unas cervezas belgas sin pagar los desorbitados precios de los locales (6 lerus la caña nacional), pero sin sufrir tampoco la decadencia de hacer ese uso de una habitación de hotel.

Estuvimos de maravilla, en realidad. Ya conocíamos París y nuestra idea era volver a verlo como si estuviésemos allí instalados. El apartamento estaba en una zona muy buena donde las calles son peatonales y todo son terracitas de restaurantes, como debería ser en Madrid. Él fue un encanto, un derroche de amabilidad, a pesar de la lata que le debieron de dar mientras nosotros le insistíamos a su prometida/esposa y ella no contestaba porque el desastre de mujer se había dejado el móvil en el trabajo y el email supongo que la superaría.