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9 de diciembre de 2008

La única decisión irracional

Lo último que querría una madre, y por extensión cualquier figura similar: tía, abuela, etc… es que su hija (sobrina, nieta…) tomase una decisión irracional o no pensada sobre algún tema.

Ponéos en la situación de que esa supuesta hija se va a vivir con una pareja a la que apenas conoce, que decide dejar su carrera universitaria, que se embarca en un largo viaje de los que interrumpen todas las actividades, que acepta la invitación a pasar la noche en casa de alguien o simplemente que se hace un piercing o un tatuaje… En cualquiera de esos casos, tenga la edad que tenga la hija, una madre se desesperará porque ha tomado una decisión sin meditar las consecuencias ni los posibles peligros.

Sin embargo, existe un tema en el que las madres desean que sus hijas se lancen sin pensárselo (no dos veces, como se dice por mala traducción del inglés, ni siquiera una). Una decisión que esperan que tomen sin calcular las consecuencias ni los peligros. Y precisamente ésa es la que más va a cambiar la vida de esa persona, la que más estabilidad profesional, económica y emocional requiere, la decisión que probablemente menos a la ligera hay que tomar: la de tener hijos.

Cuando alguien no tiene descendencia se piensa que le falta el instinto maternal, que no le gustan los bebés, que no le apetece. Pero no piensan que quizá esa persona está tomando una decisión racional que va en contra de esos instintos, y decidiendo que prefiere dejarlo para más adelante. En estos casos, las madres no aplauden el hecho de que la hija sea sensata, sino que la animan a que deje de serlo, a que se lance a la piscina.

¿Qué tipo de congruencia es ésa? O quizá es envidia porque en sus épocas es que ni siquiera existía la posibilidad de plantearse si te apetecía o no tener retoños. Pues quizá una razón de no animarse a tener prole es la de no querer convertirse en esa persona incongruente.