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30 de mayo de 2009

Elitistas hasta la muerte

El elitista cultural tiene que pensar que existen parcelas exclusivas para él y su reducido grupo de semejantes. La actividad lectora está o ha estado tan poco extendida entre la población que se podía considerar por entero propiedad de la elite intelectual –a diferencia de otras áreas, como el cine, donde el hecho de verlo no significa nada, sino que hay que crear una barrera para dividir el tipo de películas o de salas—. Pero esto se estropea cuando llegan los best-sellers y un público mucho más extenso de lo esperable, devora libros de más de 400 páginas en los vagones del metro.

Que a algunas personas no les gusten o, más bien, no les motiven estos libros es algo que puedo comprender. Que resalten los defectos que encierran cuando viene a cuento hacer un análisis sobre ellos me parece, no sólo comprensible, sino incluso interesante como tema de debate. Pero lo que no me cabe en la cabeza es ese odio visceral y esa manera de hablar tan despectiva que se dirige a los libros de Dan Brown, Stieg Larsson o similares. Si a ti no te interesa, muy bien, no lo leas o no consideres entre lo mejor que has leído, pero ¿por qué te tiene que molestar que los demás lo estén leyendo?

No me creo que los intelectuales se preocupen de lo que ellos consideran "la masa" y sientan pena porque ésta se está perdiendo el gran placer que les supondría leer a Nabokov o a Proust. Si una gran cantidad de la población descubriese a estos autores, ellos tendrían que encontrar a otros aún más oscuros para seguir teniendo esa sensación de pertenencia a una elite. Así que no me vengan con que, si se meten con los best-sellers es porque les hiere que la mayoría de la población se estimule tan poco intelectualmente. Mentira. Es lo que dirán y es el argumento que sacarán como excusa para comenzar a presumir, pero es falso.

Si los pertenecientes a ese grupo reducido se quejan de lo iletrada que es la población en general porque no suele leer nada, ¿no debería parecerles bien que leyese, aunque sea un best-seller? Podría ser vista como una buena forma de empezar para luego leer cosas mejores o, como mínimo, se tendría que considerar mejor que la abstinencia lectora total. El problema puede estar en que, si admitiesen que esa gran cantidad de la población ha dado un paso muy grande porque ahora sí lee, ya no serían tan poquitos los que se pueden considerar intelectuales y eso, de nuevo, les haría daño en su orgullo de minoría superior.

El caso es seguir siendo elitistas hasta la muerte y, por mucho que lo de abajo cambie como ellos van proclamando que debería cambiar, seguir buscándole los defectos a eso que ha variado para que permanezca intacto su statu quo de intelectual.

Por supuesto, hay otro motivo más para esta actitud tan recalcitrante: es mucho más fácil decir "Qué malo es Los hombres que no amaban a las mujeres" que "Qué bueno es…" y aquí rellenen ustedes la línea de puntos con lo más elevado que se les ocurra. La consideración de cultureta te la llevas también y, entre otros parecidos, quedas igual de bien. Pero para realizar la primera afirmación no necesitas más esfuerzo que el de haberte leído este best-seller. Para realizar la segunda tendrías que haberte leído, en efecto, uno de esos libros que sólo la elite lee. Por lo tanto, otra cosa que se puede detectar en quienes despotrican de estos libros con demasiada vehemencia es su falsa intelectualidad. ¿Qué te has leído tú mientras la población se leía El código Da Vinci? Probablemente nada.

Y luego, además de esto, habría que llegar a otra cuestión: si esos libros gustan y enganchan tanto, por algo será. Quizá su estilo literario no es precioso, seguro que no redescubren el lenguaje, es posible que no te vayan a cambiar la vida… pero algo habrá que haga que no se puedan dejar de leer. Está claro que no todo depende de la promoción que se haya hecho de sus ediciones. Esa capacidad de atrapar al lector que se desprecia tantísimo probablemente será algo muy difícil de conseguir porque, no me digan que otros escritores podrían insuflársela a sus obras pero simplemente prescinden de ella a propósito. Venga hombre. Quizá es aún más difícil de lograr que ese preciosismo en el hallazgo de cada adjetivo. Y, por ello, ¿no habrá también algo de envidia para quienes no son sólo lectores, sino también autores? ¿No habrá algo de placer culpable para los lectores que han disfrutado devorando esas obras, pero tienen miedo a reconocerlo?

Si estos libros entran en otra categoría porque son más fáciles de leer y exigen menos del lector, quienes leen cosas más difíciles no deberían ver amenazada su categoría de intelectuales minoritarios. Pero un ataque tan frontal y desproporcionado demuestra que sí sienten esta amenaza.
Yo fui una elitista juvenil (aclaración publicada el 6 de junio): en algunos comentarios se aprecia que hay un par de personas que no han comprendido bien mi posicionamiento en este artículo, pues han pensado que reivindicaba respeto como lectora de bestsellers. No lo aclaro porque me moleste que me clasifiquen ahí, sino para que no se malinterprete el sentido del post. Mi posicionamiento es el contrario, el de alguien que ha ejercido el elitismo cultural e intelectual cuando tenía la edad en la que eso era normal. Con la madurez, me he dado cuenta de que sentirse por encima de los demás por causa de los libros que leemos y que los demás leen o dejan de leer no es sino una forma de superar complejos que no se diferencia, por ejemplo, del clasismo.