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30 de septiembre de 2009

La subasta del lote 49


Utilizo el título del último libro que hemos leído en el Club de lectura para dar nombre a lo que ocurrió el sábado pasado. Mi madre y mis tíos firmaron el testamento de una tía de ellos que había fallecido este verano. La casa donde habitaba, que antes perteneció a mi bisabuela, no le correspondió a ninguno de ellos, sino a otro tío abuelo mío. Pero dentro había enseres que debían recoger. Así que aproveché para echar un último vistazo a una mansión que siempre me había fascinado cuando era pequeña.

Entonces, mi madre pasaba horas muertas cotilleando con mi bisabuela, mientras mi hermana y yo nos aburríamos de maneras indescriptibles. Pero de aquella casa se nos tenían prohibidos todos los rincones, rincones inacabables que van surgiendo cada vez que penetras en una estancia, cada vez que encuentras una puerta más, después de haber abierto la anterior… El otro día conseguí colarme en todas partes, ya que mi tío abuelo estaba distraído ayudando a cargar muebles a los demás. Éste fue el reportaje fotográfico que hice.

La visita al pueblo fue completita, porque además se produjo un capítulo de psicodrama: una tía mía, sólo 6 años mayor que yo, se había peleado con mi madre años atrás por un tema monetario y no se habían vuelto a hablar. Durante este viaje la volvimos a ver. Había pasado tanto tiempo que no conocíamos a su hija, de nueve años.