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8 de noviembre de 2009

Javier Marías sobre los falsos amigos

Nos da un lector el queo sobre este artículo de Marías en El País sobre las traducciones mal hechas y los falsos amigos. De muchos de ellos ya hemos hablado aquí, pero está bien que los corrobore una voz con autoridad:

[...] En el caso de algunos corresponsales extranjeros, uno detecta con facilidad que se han limitado a mal copiar -es decir, a traducir mal- lo que los diarios o televisiones de cada país han dicho, y nada es más incomprensible que una traducción hecha por alguien que conoce mal la lengua de origen y deficientemente la propia. El resultado habitual es que el lector con ciertos conocimientos se ve obligado a llevar a cabo sobre la marcha una "traducción" de la información, esto es, a "deducir" lo que los redactores habrán entendido o habrán querido decir en realidad. Un juego de adivinación, que va contra las reglas más elementales del periodismo. Lo peor es que, como esto no se da sólo en El País, sino también en todos los demás diarios y sobre todo en las radios y televisiones -con la fuerza divulgadora de estas últimas, y lo de TVE es atroz-, nos encontramos con que también quienes no son corresponsales en el extranjero, y por tanto no tendrían en principio de dónde traducir, adoptan las meteduras de pata, las sintaxis ininteligibles y los innumerables falsos amigos que sus colegas propagan. Es llamativa la resistencia mínima que se opone hoy al continuo destrozo de la lengua. (Ojo, mi preocupación no se debe a ningún purismo, sino al creciente peligro de que no nos entendamos más que "retraduciéndonos" los unos a los otros, si cada cual trufa el español con los disparates que se le antojan.)

Sirva como ejemplo modesto la proliferación de falsos amigos, y eso que hay diccionarios para prevenirnos contra ellos. Obviamente, hay redactores de este diario (y por supuesto de otros) que ni los tienen ni los consultan, porque aún no se han enterado de que en inglés "extravagant" nunca significa "extravagante", sino "derrochador" o "despilfarrador"; de que "fastidious" es "puntilloso" o "meticuloso"; de que "dramatic", en bastantes contextos, no es "dramático", sino "espectacular"; de que "bizarre" no equivale a nuestro "bizarro", sino, como en francés, a "extraño" o incluso "estrafalario"; de que "to abuse" es "insultar" o "maltratar" muchas más veces que "abusar"; de que "anxiety" no significa "ansiedad", sino "angustia" (hace poco un crítico de Babelia se congratulaba de que por fin se hubiera traducido "fielmente" el título de una obra que contiene esa palabra, cuando precisamente ahora se ha traducido mal); de que "a stranger" no es "un extraño", sino "un desconocido" o el viejo "forastero" de las películas del Oeste; de que "miserable" quiere decir "desdichado"; de que "to remove" no es "remover", sino "quitar" o "sacar"; de que "ingenuity" e "intoxication" no son lo que parecen, sino "ingenio" y "embriaguez", y así decenas de casos más, que no se dan sólo en el inglés. La mayoría son cosas que los estudiantes de cualquier lengua aprenden en el primer curso. Gente que lleva años o meses viviendo en un país, y que escribe para la prensa, las desconoce y las traduce mal una y mil veces, hasta contagiárselas a quienes jamás han puesto un pie en el país en cuestión. Regalen esos diccionarios a quienes los necesiten en la redacción, por favor. Desearía volver a leer un periódico en el que no tuviera que retraducir a mi lengua las noticias que en él se me dan, y en el que me enterara un poco más.