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12 de diciembre de 2009

El hombre que asistía a clase de idiomas con la 9 mm.

Me pregunto por qué nunca habré relatado en este blog una cosa que me ocurrió cuando tenía diecinueve o veinte años, pues siempre que se la he contado a alguien, se ha sorprendido mucho. La situación, en forma de narración, puede dar menos pavor del que producía vivirla, pero, haciéndose bien a la idea de cómo era el tipejo descrito, puede producir escalofríos. Le pongo este titular de novela negra para darle un aire más literario.

Cuando estudiaba en la universidad, acostumbraba a buscar muchas actividades paralelas para ocupar mi tiempo. Una de ellas fue aprender un idioma un tanto inusual: me apunté con mi hermana y allí nos fuimos las dos juntas. El profesor era un encanto y, para lo difícil que es esa lengua, aprendíamos bastante rápido y bastante bien. Tenía el inconveniente de que había que ir todos los días y de que me veía obligada a salir un cuarto de hora antes de clase de la facultad e ir corriendo. Eso fue, en parte, lo que me hizo dejarlo a medias, pero la razón de más peso fue otra.

Uno de los alumnos era un señor de cincuenta años, bastante extraño, a quien aceptábamos en el grupo de amigos por cortesía, o eso pensaba yo, porque los chicos sí sentían admiración por él. El hombre decía que había pertenecido al CSID y que conocía todo lo que ocurría allí dentro. En aquella época, el tema estaba de actualidad y nos entretenía con sus batallitas y milongas. Pero, por mucho que yo me pudiese reír con lo que contaba y fingir que me lo creía, nunca me despertó otro sentimiento que el asco o el miedo: estaba muy loco y era sumamente facha, le habían retirado de su cargo por problemas psicológicos y, sin embargo, seguía teniendo una 9 mm. que portaba siempre consigo y siempre la llevaba cargada.

Cuando las clases se acercaban al descanso navideño, varios de nosotros quedamos para tomar algo, como se suele hacer con los compañeros de este tipo de cursos. Todos los demás eran hombres, pero yo me apunté sin darle mayor importancia a ese hecho. Este señor, por sus ideas anticuadas, supongo que leyó algo inexistente en esa decisión mía. Con la excusa de la quedada —qué gracia, entonces no existía esta palabra—, nos pidió el teléfono a todos. Gracias a ese disimulo y, sobre todo, a que yo jamás podría haberme imaginado que un hombre que tendría treinta años más que yo, pero que aparentaba cuarenta más, pudiese tener otras intenciones; consiguió también el mío.

Pronto empecé a darme cuenta de lo que estaba ocurriendo. Una vez terminamos la celebración, se ofreció a llevarnos cada uno a nuestra casa, ya que todos los demás teníamos edad de estar estudiando y él era el único que poseía un vehículo. Antes de depositar al último de los jóvenes, pasamos por delante de mi casa y le insistí muchísimo en que me dejase ya, pero él se empeñó en continuar y acercar al chico antes que a mí. Yo siempre he sentido terror por cualquier cosa que se asemejase al acoso, incluso viniendo de chavales de mi edad, así que aquella situación, con un loco armado de cincuenta años, me llenó de pavor. No sabía qué hacer. Antes de dejarme en casa, me preguntó si queríamos ir a una disco-pub o algo parecido, lo que ya me dejó clara la situación en la que me encontraba y consiguió que fuese difícil saber si era mayor el miedo o el asco que sentía en ese momento.

Por fin conseguí convencerle de que me llevase a casa. Sin embargo, cuando llegamos, no me quería dejar salir. Le dije que mi madre seguro que estaba en la puerta, asomada para ver si llegaba bien, lo cual, aunque pueda parecer una patraña, era verdad en la mayor parte de las ocasiones —probablemente, justo en ésa, no—. Me liberé de él y salí del coche, pero se bajó también e intentó que uno de los dos besos de despedida me cayera en la boca… sólo pensarlo me revuelve el estómago.

Durante todas las vacaciones estuvo llamando a mi casa. Entonces no había móviles y el número que yo le había dado era el de mi familia, lo cual estaba bien para que contestase otra persona, pero también tenía la contrapartida de que no hubiese identificador de llamadas. Dejé de contestar al teléfono por completo y les rogué a mis padres que, si quien llamaba era él, dijeran que no estaba.

Seguía viviendo en el terror porque, antes de la noche de la celebración, una vez que estábamos todos los alumnos juntos, nos contó que en otra época se había enamorado de una joven y no la había dejado en paz jamás, ni siquiera cuando ella se echó novio. Había llegado a presentarse en su boda con la intención de estropeársela. Por ese motivo, me imaginaba que se podría convertir en una situación indefinida. No tenía tanto conocimiento de las órdenes de alejamiento como tenemos ahora por las series, pero era como para haberle puesto una, aunque precisamente él, que conocía a toda la policía, se la habría saltado sin problema. Afortunadamente, dejó de acosarme cuando pasó el tiempo.

Más adelante, lo vi en un VIPS. Gracias a Peich, yo iba con toda mi familia, así que me aferré a mi padre y, al verme tras él, solo me saludó, sin decir nada extraño. Cuando se lo señalé a mis padres, pensaron que era un señor de casi ochenta años que conocía por otro lado, con lo cual os podéis figurar lo que éste aparentaba.

No volvió a las andadas. Lo que luego me extrañó es la poca empatía que pueden llegar a sentir los hombres (en general) por las historias de este tipo. Pueden hasta hacerles gracia. Había un chico en el curso que era de mi edad aproximadamente y que se había hecho muy amigo de este hombre viejuno, tanto que se comportaba como su escudero. En lugar de ver como algo casposo y patético que intentase algo conmigo, le hacía mucha gracia. Tanto admiraría a este hombre, por mucho que se metiese con él por su fascismo, que acabó haciendo lo mismo: llamándome sin parar. Daba menos miedo, pero esa actitud insistente de dar la lata a alguien que ya le había demostrado que no le gustaba, para mí era inaguantable. En el caso de este chico, la especie de persecución duró varios años, aunque con menor insistencia. Afortunadamente, ya no queda nada de aquello.

Ahora lo cuento todo como si se tratase de una historia de terror. Han pasado tantos años que para mí también suena como un relato ficticio, pero todo fue tal cual está narrado, no hay ninguna exageración. El miedo que pasé es algo que ya no vuelvo a sentir al escribir esto, pero que recuerdo bien.