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22 de febrero de 2010

Es que sabéis mucho

Sí, vosotros. Sí, los que estáis leyendo esto. Sí, me refiero a vosotros.

Cuando comencé a publicar artículos como los que llenan este cuaderno de bitácora mi intención no era predicar al converso, como se suele decir. Eso sólo puede suponer un ejercicio de futilidad o de autobombo. Aspiraba, más que nada, a sacar algunas cosas a la luz ante quien pudiera desconocerlas. Es posible que se esté logrando, no lo sé porque nunca miro las estadísticas. Miro únicamente los comentarios —cantidad y contenido— y la sensación que saco de ellos es de que a nadie le hacen falta mis advertencias. Las personas que añaden algo poseen conocimientos vastísimos y probablemente nunca caerían en los fallos que se suelen reprochar en el blog o no se verían ante las dificultades que señalamos. No digo con esto que piense dejar el blog ni nada parecido, simplemente estoy haciendo una reflexión.

Lo mismo ocurría en el curso de traducción para doblaje al que asistí hace unos días. Los compañeros, casi todos licenciados den Traducción e Interpretación y algunos guionistas o periodistas, entregaban unos impecables ejercicios que no rozaban ni de lejos el tipo de equivocaciones de las que nos quejamos aquí. La profesora, muy buena traductora, procuraba enseñar a no traducir de forma demasiado literal, a no caer en «falsos amigos», a emplear un perfecto castellano que no sonase a traducción, a buscar y trasladar todas las referencias culturales… pero es que casi no era necesario. Viendo tal nivel en el alumnado del curso, una se preguntaba cómo era posible que en la vida real, es decir, entre quienes ya están haciendo traducciones profesionalmente, los resultados fuesen peores.

Me atrevo a aventurar que, entre otros motivos*, se deba a que precisamente quien ya hace bien las cosas, quien es buen profesional, quien tiene interés por mejorar y aprender sin fin… es quien acude a estos cursos o consulta páginas al respecto. Sin embargo, quienes más lo necesitarían porque aún sufren limitaciones, piensan que ya lo saben todo. Ya se conoce aquello de que la ignorancia es muy osada.


Y es que el quid de la cuestión está aquí: la profesora predicaba la necesidad de la constante duda metódica para traducir y afirmaba que la curiosidad debía ser una característica común a todos los profesionales de la traducción. Ya titulé un post «el problema de no saber es no saber que no lo sabes». El no saber que no se sabe es el motivo de que se caiga en los «falsos amigos», de que se obvien las referencias culturales y de que se traduzcan al pie de la letra las expresiones coloquiales o frases hechas, entre otras cosas. El tipo de persona que se molesta en asistir a un curso cuando ya es licenciado e incluso profesional y que busca en Internet o en diccionarios es alguien que casi siempre hará bien su trabajo porque está abierto a aprender, es dúctil y está dispuesto a reconocer que no sabe cosas. Quien no posea esta predisposición necesitaría conocerlo todo para realizar una buena traducción y es difícil que alguien tenga tantos conocimientos.

* Los plazos cortos pueden influir en que no haya tiempo de buscar cosas que se sabe que habría que consultar.