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27 de abril de 2010

Caras o nombres

Siempre se me ha hecho raro escuchar eso de «tengo muy buena memoria para las caras, pero no para los nombres». Me suena a forma de disimular que no te acuerdas de nadie. ¿Se puede recordar una cara sin recordar el nombre? Probablemente sí: si eres capaz de determinar de qué y cuándo conocías a esa persona, significará que de verdad te acuerdas. Pero quizá cuando alguien dice que tiene memoria para las caras, significa que únicamente es capaz de decir que esa persona le suena, pero sin poder ubicarla más allá.

Por otro lado, recordar nombres y no caras me parece absurdo. Recuerdas que una vez conociste a una persona que se llamaba de determinada forma, pero no puedes asociar esos nombres y apellidos a un aspecto, ¿qué recuerdas, entonces? Creo que alguien con buena memoria para los nombres tendrá que ser también bueno recuperando caras para que tenga sentido su recuerdo.

Antes me vanagloriaba de tener buena memoria para ambas cosas y me reía de la distinción entre caras y nombres que hacían algunos. Sin embargo, hoy en día lo llevo fatal. No sé si me falla la memoria o si es que, con los años, las personas han comenzado a suponer menos para mí. Lo de antes era tremendo: recordaba a gente que no me habría fijado en su memoria ni durante unos segundos y era capaz de decirle nombre y apellidos, dónde habíamos coincidido y algún rasgo de su comportamiento. Y así con todos, no sólo con quien me hubiese marcado. Creo que el conocer gente significaba tanto para mí que todas las personas se me grababan.


Debido a esto, muchas veces quedaba en ridículo saludando a alguien que ni sabía quién era o que no consideraba que nuestro mutuo conocimiento fuese tan profundo como para darse dos besos y preguntar sobre la vida. Además, a mí eso que se suele hacer de pasar de largo y no saludar me resultaba de lo más violento y me dirigía siempre a cualquier conocido, incluso aunque nos cayésemos realmente mal. Hoy en día esto me supone un problema menor porque, desde que comencé a necesitar gafas, hace aproximadamente tres años, lo que me ocurre es que no reconozco a la gente hasta que la tengo a unos cuantos metros de distancia —y de noche a un metro más o menos— y probablemente quedo en el otro extremo: entre los que parece que no quieren saludar a nadie.

Además de la miopía ocular, en los últimos años he desarrollado una cortedad de visión también mental y, a diferencia de lo que me ocurría años atrás, me cuesta mucho recordar de qué conozco a cada persona. Si las olvidase por completo, no tendría problema, sería como el no verlas a distancia por no llevar puestas las gafas; pero lo malo es que sí tengo, muchas veces, la noción de que ha existido alguna conexión. Que alguien me suene, pero no saber dónde lo traté, me da mucha rabia.

A otros no les produce esta desazón y hasta ahí quiero llegar yo: a acostumbrarme a que alguien me suene y no dejar que la curiosidad me atormente durante toda una noche. Si encuentras a un intérprete secundario en una obra, serie o película y te pasas el rato preguntándote dónde lo habías visto antes, al final puedes aclarar tu duda consultando el Internet, pero no sucede lo mismo con los conocidos.

Las personas a las que conocí en la época en la que me acordaba de todo el mundo siguen teniendo muy claro el hueco en mi memoria. Es decir, que ahora mismo me puedo encontrar con alguien de la facultad y quizá en un primer momento me cueste ubicarlo, pero al cabo de un momento, sabré que es de ahí de donde lo recuerdo y hasta podré añadir algún otro dato. Lo que ya no se produce tan bien son los recuerdos nuevos. Alguien a quien he conocido hace cuatro o cinco años seguramente esté perdido en una nebulosa de personas cuyo rostro me suena, pero que no puedo emplazar con más concreción.

Es posible que todo se deba a que ahora conozco a más gente. Como hace ya unos años que soy profesora, es muy normal que cada temporada haya unas docenas de personas nuevas en mi vida cuyos nombres acabaré olvidando y, cuantos más sean, más difícil para mí será situar su recuerdo como alumnos. Me comentaba una amiga que da muchas más clases que yo y que lleva más años en esto, que hay muchos alumnos de los que no se acuerda ni de vista. Pero yo suelo ser capaz de distinguir a los estudiantes, puede que porque se corresponden con un tipo bastante acotado de personas, de edad, etc… De hecho, son tan canónicos que lo que me ocurre no es que no los reconozca por la calle, sino que a veces veo a otros que me creo que son alumnos porque se parecen en la forma de vestir y de peinarse. Así que la gente que no termino de situar es otra.

En general, la solución sería atrevernos a preguntar al otro sujeto. El problema está en que hay muchos boletos de que tampoco sepa de qué nos conocemos. Doy por hecho que la mala memoria que tengo yo ahora es equivalente a la memoria que ha tenido la mayoría de la gente durante toda su vida. Y no porque mi cerebro sea privilegiado, sino porque el que antes me acordase tanto de los demás probablemente era síntoma de una deficiencia social y de un trato poco común con los demás. Por ello, aparte de la molestia que supone el no emplazar bien las caras y no asociarlas ni con un nombre ni tampoco con un lugar en el espacio o en el tiempo, considero esta falta de memoria como una buena señal y quizá hasta como una comodidad.