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7 de mayo de 2010

Es 3

Al contrario de lo que se suele pensar, el estrés no lo causa tener muchas cosas que hacer. Si se tratase de cosas que se resuelven sin pensar, mecánicas, físicas y todas iguales entre sí y de equivalente importancia, podríamos cansarnos o aburrirnos, pero rara vez nos estresaríamos.

Lo que de verdad estresa es mantener en la cabeza las cosas que hay que hacer, si son diversas y, más aún: tomar decisiones con respecto a ellas. Cuando hay muchas tareas distintas que realizar, nos suele agobiar más pensar a cuál le damos prioridad y cómo ordenamos el resto, que efectivamente hacerlas. Por ello, para lo primero se suele recomendar apuntarlo todo en una agenda para eliminar de la mente la presión de recordarlo y para lo segundo hacer una lista. Casi siempre, cuando vamos al papel con todo ello, nos damos cuenta de que no era para tanto.

Cuando alguien es caótico —como yo—, empieza una cosa, la deja a medias, se pone con otra… Esto aumenta todavía más el estrés y provoca que no se haga ninguno de esos menesteres con la atención y el cuidado debidos, pero no por una rapidez que los resuelva de un plumazo, no, lo peor es que, encima, es probable que tarde más que acometiéndolos por orden y sin mezclarlos. Las ventanas y las posibilidades multitarea que ofrecen hoy en día los ordenadores no ayudan a evitar este caos. Si tuviésemos que situarnos en un lugar diferente y con una máquina distinta para cada labor, no podríamos pasar tan a menudo de una tarea a otra y nos centraríamos más.

Todo lo que digo aquí lo sabe de sobra todo el mundo, pero a veces es bueno recordárselo a uno mismo, incluso si no somos capaces de poner en práctica los consejos o de utilizar esta noción para tranquilizarnos.

Estaba hoy en un día de los descritos: muchas cosas diversas que resolver y, entre ellas, decisiones que tomar. He escrito esto para desahogarme, probablemente a nadie le servirá de nada, pero como hoy me tocaba publicar y no tengo tiempo ni tampoco inspiración para escribir otra cosa, pues aquí queda.