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24 de agosto de 2011

Cuando juzgamos a una persona…

Cuando juzgamos a una persona a la que conocemos bien, deberíamos tener cuidado porque quizá es a nosotros mismos a quienes debamos juzgar. Es posible que esa amistad o allegado nuestro que se comporta de una forma determinada lo haga, sin ser consciente de ello, para agradarnos o para encajar mejor con nosotros.

 No me refiero a gente carente de personalidad. Al contrario, las personalidades ricas están llenas de matices y en cada momento pueden dejar traslucir unos u otros. Somos, aunque no queramos creerlo, adaptables y nos comportamos de distinta manera, como es lógico, según con quién estemos. Pero no solo porque la formalidad de una relación laboral exige otra etiqueta que el encuentro casual entre amigos, también dentro de esta última categoría, según cómo sea cada uno de nuestros seres cercanos, sacamos un yo u otro.

Por ese motivo, cuando estamos pensando mal de alguien por algo que ha hecho o dicho, deberíamos plantearnos, al menos como posibilidad, si esa acción o ese comentario ha estado provocado, inconscientemente, por nosotros y adoptado por esa persona sin intención. Está claro que en esa persona existía esa faceta que no nos ha gustado, no lo pongo en duda, pero analicemos si también está en nosotros.