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22 de mayo de 2014

En el tintero



Estoy segura de que, al menos en este país, quienes leen relatos son casi siempre las personas a las que les gusta escribir relatos.

Es un arte endogámico y retroalimentado. Pero hay mucha gente que hace sus pinitos en la escritura y que empieza por los relatos. Normal, ya que son más abarcables para corregir y mostrar que los intentos de novela. Tanta es esta gente, sospecho, que resulta casi suficiente como para alimentar un pequeño (creciente, eso sí), mercado de publicaciones de libros de cuentos.

Quienes escriben relatos muchas veces saben, o quizá intuyen, que los escriben para un público compuesto en su mayoría por otros escritores o aspirantes a escritores. Entre eso y la influencia de las escuelas, se acaba por establecer un código con el que casi todo el mundo se rige para crear estas breves ficciones.

Quiero decir que gran parte de las historias cortas tienen cosas en común. Por ejemplo, muchas de ellas no son sino una interpretación de un hecho real anecdótico o una observación de algo que ocurre en nuestra sociedad, disimuladas con prosa literaria y tal vez una estructura de narración.


Para transformar la observación en una pieza literaria es necesario, como decía, inventar una pequeña trama, no muy marcada, y centrarse en cada detalle con habilidad de narrador/a. Una vez cogida la costumbre, no resulta nada difícil verle a todo lo que sucede ese cariz de fábula. Quien escribe habitualmente cuento corto sospecho que se relaciona con la vida con un chip encendido que les permite interpretar todo lo que ven o sufren como una potencial ficción.

De hecho, el leer otros relatos también nos contagia ese chip, cosa que no ocurre al leer novela u otro tipo de literatura. Otro motivo más para pensar que quienes leen cuentos de otros se sirven de ellos para poner su mente con el modo de escritura de relatos en on. 

Muy similar es el chip que nos ponemos para escribir posts para un blog que no tenga una temática concreta. Cualquier observación o anécdota parece susceptible de ser transformada en una entrada. Pero, así como para darle forma de ficción corta hay unas claves más o menos definidas, para que algo se transforme en un artículo de Internet que merezca ser leído, no existen tantos trucos.


El tema de partida tiene que ser por sí solo más sólido para un post que para un relato, ya que no quedará oculto como fondo de una narración y tampoco se enriquecerá con la trama y personajes añadidos que de por sí lo harán atrayente y entretenido. El post –aunque se trate de un género literario mucho menor al del cuento o más bien no sea siquiera un género literario—, en ese sentido es más exigente. No vale cualquier cosa para sustentarlo.

Con afán de mantener cierta frecuencia de publicaciones, casi cualquier noción la contemplo como posible entrada. Según lo estoy considerando, el concepto es poderoso, universal, comprensible en mi mente y, por supuesto, merece ser expuesto en palabras y compartido para suscitar debate con otros internautas.

Pero, al trasladarlo al texto, la idea principal parece perderse o disiparse, dejando como resultado algo en apariencia inocuo o, peor aún, obvio. De ahí la baja frecuencia de actualizaciones en este blog, pues varias ideas a las que les he estado dando vueltas, han acabado quedando en el tintero (cosa que seguro les ocurre que a muchas otras personas que escriben blogs).

Tal vez la siguiente vez tendría que tratar de darles forma de relato. Y quizá entonces me dé cuenta de que el cuento es más exigente y más difícil que el post. .